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No sé cuándo aparecieron los zapaticos colgados en mi pared. Sé que yo no los puse, alguien lo hizo por mí y me contaron que los usé alguna vez. De un modo inexplicable, han llegado poco a poco a ser de mi cuarto el adorno o el pedazo más preciado y se han resistido a todas las renovaciones y desprendimientos. Ellos siguen allí, con sus suelas gastadas en quién sabe qué juegos. Cuando los limpio, pienso en lo pequeño que eran mis pies y en lo grande que ellos sentirán mis manos en comparación con las que tenía yo cuando los correteaba. A veces en nuestra vida nos hemos topado con un amigo de nuestra familia al que no recordamos y este nos confirma su certeza de que no podemos hacerlo porque éramos enanitos en aquel entonces. Con mis zapaticos pasa algo semejante, cuando les paso un trapo para quitarles el polvo, ellos me dicen: tú no nos recuerdas, pero nosotros a ti sí… Siguen siendo míos de muchos modos que van más allá de la simple horma alguna vez exacta. Como ellos, es este blog. Quien los lleva, sueña crecer.

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