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Nuestros padres son viejos amigos. Ella es un año o dos mayor que yo. Siendo bebé se le diagnosticó una enfermedad degenerativa del sistema nervioso. Le cuesta hablar, respirar, caminar. Aún así, es una mujer fuerte de bellísimos ojos azules, terminó una carrera universitaria y escribe poesía.

Hacía tiempo que no nos veíamos cuando nuestra familia fue invitada a su primera publicación. Llegamos el día anterior en la tarde noche. Luego de comer, conversamos en su cuarto, que es amplio y tiene unos sillones de balance donde uno puede amasar bien las palabras. Ella lo tenía todo muy bien planificado y yo, sin saberlo, era una de sus sorpresas. Me había escogido como su acompañante durante toda la ceremonia del lanzamiento de su primer libro de poesía. Me encomendó la misión de no estar lejos de ella ni permitir que nadie nos separara por ningún motivo, así que al mismo tiempo me hacía cómplice de todo y centro a su par del acontecimiento. Tenía toda su autoridad para estar a su lado en cualquier circunstancia y ser partícipe de todo lo que sucediera. Yo nunca había estado en su ciudad así que nadie me conocía, nadie me había visto, ni yo había visto a nadie. Ello me daba la posibilidad de mirar a todos por igual sin escondidos sentimientos de discriminación o afecto en una expresión evidente y semejante, pero, al mismo tiempo, sincera y natural. Esa era precisamente su intención. Supe que allí estarían quienes la querían mucho, quienes la habían querido mucho y quienes nunca la habían querido.  No iba a presentarme ante nadie. Simplemente iba a estar de mi brazo y no iba a explicar por qué.

Solamente hice una pregunta:

Si alguien me interroga, me habla… qué debo decir yo?

Tú no respondas, respondo yo según la persona que te haya preguntado – y se reía.

Era su día y yo iba a ayudarla y apoyarla en todo lo que pudiera. Me gustaba mi papel de incógnito, el aparecido, el que está tan cerca y nadie sabe de dónde ha salido. Hasta mi ropa la escogió ella entre la que yo llevaba como opciones, y ya listos, fuimos al lugar de la presentación. No habló en toda la ceremonia, lo hicieron por ella sus amigos de confianza. Fue casi un regalo que le hicieron y tuvo mucho de poesía y como la poesía, fue breve. Más demoró ella después firmando libros y disfrutando la curiosidad de todos sobre su pareja. Me entretuve identificando y clasificando interiormente las miradas que me llegaban, tanto masculinas como femeninas. Para mí, también era una oportunidad única de escudriñar el alma de las humanas reacciones. Para todos era común el desconocimiento sobre mi persona y su familia tenía muy bien ordenado el no revelar mi identidad a nadie. Solamente una persona se dirigió directamente a mí y ella intervino en respuesta, no tuve que hablar nunca. Luego en la noche hubo un brindis pero nuestra situación de confidentes continuó intacta.

Al otro día, en la tarde, regresé con toda mi familia a mi ciudad de un modo no planificado esta vez, simplemente, apareció el transporte de regreso. Ella fue en la noche a una invitación que tenía al teatro, a una presentación de ballet, y ya fue sola, sin mí. Y hubo preguntas, hubo interrogantes. Realmente, el azar dispuso que yo llegara y me fuera justo a tiempo, sin tener vínculos con nadie y no demorando demasiado la estancia como para inevitablemente establecer ninguno.

Después de aquello que hice con humildad, tranquilidad y complacencia, recibí de ella en más de una ocasión mucho agradecimiento, sin duda más del merecido. No tocamos después mucho el tema en nuestras conversaciones. Aquello simplemente sucedió, el azar puso también su mano para que fuera incluso mejor y quedó detrás fugazmente. Vencimos la intriga colectiva, no descubrimos el hechizo y en su vida nada cambió después de eso. No tuvo que esforzarse en ocultar nada los días que siguieron porque simplemente yo había vuelto a mi lugar original, que no es público ni cotidiano, pero sí sentido.

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