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para Yesi, que me prestó la idea y su abuelita…

Ana vivía en el límite de la ciudad. Su barrio era una zona donde lo urbano iba convirtiéndose en rural poquito a poco. Al terminar su calle sin asfaltar, empezaba el verde y las mariposas del campo. Su cuadra era muy larga, con muchas casitas a ambos lados, todas con portal y techo de tejas, pero la suya era la única que tenía un columpio propio. Era de hierro y estaba anclado al piso. Cuando ella nació, ya el columpio estaba allí y Ana se preguntaba por qué estaba sembrado en el cemento. Su papá le había dicho que era para que no se lo robaran por la noche, pero ella sabía que no era cierto porque ninguno de sus amiguitos, a los que tanto les gustaba disfrutar en él, sería capaz de robarlo. Además, no podrían cargarlo porque era de hierro y debía pesar bastante ¿Y para qué quiere un adulto un columpio donde ya no cabe para columpiarse? Evidentemente, estaba fijo por alguna otra misteriosa razón, no tan importante como misteriosa.

Ella lo hubiese preferido más ligero y trasladable para llevarlo al parque o al medio de la calle o un poco más allá, donde el campo empieza, para poder tener otros lugares llenos de historias y de personajes que surgían de la imaginación de su abuela cuando le daba la comida. Para Ana, comer en el columpio era mucho más interesante que sentada a la mesa y se daba de rogar, para que su abuelita empezara a contar historias que le ponían los ojos abiertos y la boca también -esto último muy favorable para su abuela, obviamente-. Y muchas veces, un cuento se quedaba por la mitad, como las mil y una cenas, para seguir al otro día cuando otro quedaba entonces a medias y así, interminablemente, de comida en comida.

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