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Una vez, su abuelita le habló de los gigantes del Castillito. Así habían bautizado los niños a una casona que se veía en la distancia en la punta de una loma. Parecía como puesta con la mano, ningún camino ni calle llevaba a ella, solamente un prado de una yerba que parecía cortada por algún jardinero clandestino pues nunca crecía y siempre estaba verde y brillante. Los niños no iban nunca allá pero se sentían realmente intrigados por aquella extraña construcción que cerraba el paisaje con dos pisos y terrazas, y muchas ventanas y portales. Se mantenía, eso sí, muy bien cuidada y pintada. De noche se veían luces que proyectaban desde el interior dos sombras inmensas contra las cortinas. Allí vivía alguien ya juzgar por las sombras, era gente muy grande.

Supo entonces, en medio de un puré de malanga y pedacitos de carne con platanito, que se trataba de Tragametales y Barrilsinfondo. Tragametales no comía puré de de malanga como ella, sino metales de todo tipo y su preferidas eran las monedas que saboreaba como los niños saborean los chocolates. Barrilsinfondo, por el contrario, comía lo mismo que comen todos los niños, pero no se llenaba nunca y siempre tenía hambre. Aunque eran gigantes, eran buenos, según explicaba la abuela, simplemente, a uno le gustaba comer metales y tenía debilidad por las monedas y el otro era un glotón que nunca se llenaba, así que a veces venían al pueblo, escondidos y metían una mano por una ventana y le robaban a los niños la comida y las monedas, pero nunca hacían mal a nadie. Era más bien un problema de vicio incontrolado.

En este punto de la historia las manitos de Ana fueron rápidamente a sus bolsillos, buscando una peseta que su mamá le había regalado y que era mucho dinero, según le había dicho. Y casi terminaba su plato de puré cuando sintió lástima por Barrilsinfondo y le dejó una cucharadita. De pronto, una repentina preocupación brilló en su mente. Todavía no tenía como solucionar las ansias de Tragametales y no le preocupaba tanto su moneda, sino el columpio de hierro del portal, que no iba a poder meter para dentro de la casa en la noche y temía perderlo y estaba segura que aunque la peseta fuese mucho dinero, no le iba a alcanzar para comprar otro. Además, nunca había visto uno igual en ninguna tienda disponible para ser comprado. Cuando la abuela fue a guardar la cucharadita de Barrilsinfondo y de paso fregar su plato, tomó una decisión muy práctica: le dejaría a Tragametales esa noche su peseta sobre el columpio y quizás como le gustaban tanto las monedas, no se lo comería. Eso implicaba conseguir otra peseta para la noche siguiente, pero eso lo pensaría al otro día, al menos esa noche, había encontrado un modo de salvar su tesoro que se balanceaba.

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