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Cuando era niño había un espacio de producción nacional en la televisión por el que pasaron los mejores actores de Cuba con una entrega total: las Aventuras. Era antes del noticiero. Los que no lo conocieron no pueden imaginarse cómo algo hecho sin tecnología ni grandes escenarios acaparaba tanto la atención de niños y adolescentes e incluso de adultos. Los temas rondaban mucho las novelas de Julio Verne y de Emilio Salgari y hacer un personaje protagónico llevaba a cualquier actor al estrellado popular. Mi primer recuerdo del teatro de mi ciudad tiene relación con esto. Era una obra cuyo tema soy incapaz de recordar. Sé que me llevaron mis padres porque estaba en el reparto el actor que por esa época protagonizaba en las Aventuras a Edmundo Dantés en una versión del Conde de Montecristo. Tiene que haber sido sobre 1980 más menos. Es uno de mis primeros recuerdos, yo tendría 6 ó 7 años, no más. Obviamente, yo iba a ver al Conde de Montecristo, no a la obra teatral que se proponía en las tablas que no era para nada una obra infantil. No recuerdo el nombre del actor, se me perdió en el tiempo, no es ninguno de los grandes de la televisión que reconozco hoy, además, su nombre en aquel momento, para mí, era Edmundo Dantés. En medio de una escena, él irrumpía con un diálogo saliendo tras bambalinas. El teatro se puso de pie y empezó a aplaudir. Hubo que detener la obra, él tuvo que inclinarse y saludar, se encendieron las luces y por unos minutos el público estuvo ovacionando al Conde de Montecristo. Tanto impacto popular tenía aquel espacio televisivo que podía causar cosas como esas. Ese es mi primer recuerdo del teatro y mi primera impresión al ver ahí, delante de mí, a un reconocido personaje de la pantalla.

Han pasado los años y pasó mi niñez y mi adolescencia y en mi plena juventud sigo siendo asiduo a las presentaciones que allí se programan. Es un edificio donado a la ciudad por su principal benefactora y data del año 1885. Su interior es predominantemente de madera, con una platea dividida en dos secciones, a la izquierda las filas se organizan por números impares y a la derecha por pares. La rodean una serie de palcos que sirven de apoyo a un segundo nivel con una sección de balcony donde está la vista privilegiada del teatro y algunos palcos más. Como ya dije anteriormente, el material interior predominante en barandas, escaleras, bambalinas y balcones es la madera. Su techo está bellamente pintado por secciones, con una representación sobre el escenario de una escena de comedia donde se divierten personajes con máscaras y otra de tragedia donde Desdémona muere a manos de Otelo. Grandes escritores del teatro están también representados, entre ellos la cubana Gertrudis Gómez de Avellaneda.

Cuando estaba en preescolar hicimos una danza que bailó en el escenario. Como nota simpática recuerdo mi reticencia a pintarme los labios, cosa necesaria por la luz, el color de las ropas, y otras exigencias de la puesta pero no me daba la gana pintarme los labios, eso era cosa de mujeres, al final tuve que hacerlo para después como resultado mancharme la camisa porque lo primero que hice al salir de escena fue quitarme aquel “pintorreteo”. Fui de niño a ver títeres, de adolescente con la noviecita, de joven y adulto con mis parejas. Así que es un lugar donde me recuerdo en situaciones felices y tristes, románticas y solitarias. Mi último amor tuvo su primera salida precisamente a ese teatro.

Hace un tiempo, fui solo a un espectáculo y me senté en el balcony, no recuerdo con exactitud qué era lo que había ido a ver, pero hasta ese momento uno podía moverse con cierta libertad hacia el sitio de su preferencia. Desde allí se domina la platea y puede verse a casi todo el mundo. Entonces, me fijé en un jovencito en una posición muy peculiar. Ya he dicho que el techo del teatro está pintado con bellos murales. Pero el central es muy grande y vistoso y muestra tres figuras: el Genio, la Fama y la Historia, entre angelitos y nubes y otros añadidos que no viene al caso. Las féminas, mujeres rebosantes de salud y carnes, tienen sus senos al aire, muy bien pintados en forma y color. Y claro, cuando los padres nos dicen que miremos hacia arriba con el fin de que no nos perdamos el diseño cenital, los varones nos encontramos con una desnudez femenina que estamos autorizados a mirar y que nos atrae aunque no estemos todavía muy claros de por qué nos pasa. Y no hay manera de disimularlo pues la pintura está exactamente sobre nuestras cabezas, así que no hay modo de aparentar que se mira hacia otro lado, o sea, si te interesan los dones de la Fama y la Historia, es evidente que te interesan. Y aquel chico estaba extasiado, mirando hacia arriba fijamente, sin bajar la cabeza, embobecido. Destacaba entre todos, mirando al techo.

Y desde el segundo piso, me reía al verlo en su mantenida actitud. Me reía porque yo también lo hice cuando tenía su edad y he visto muchas veces en el teatro a otros hacerlo. Es como un bautizo que se repite de generación en generación. Te sientes hombrecito, vas al teatro, te dicen que mires hacia al techo y… wao!… ¡Qué sorpresa! Y ahí te quedas hasta que alguien te toca en el hombre y te dice que la función es hacia delante, no hacia arriba. Y luego miras otra vez, cuando puedes. Este episodio lo he visto allí innumerables veces. Siempre se destaca en la platea cuál adolescente masculino viene por primera vez. Cuando regresa a casa, el jovenzuelo recuerda más las mujeres desnudas en el techo que la puesta en escena. Es un descubrimiento al que se llega al tener la edad adecuada para que nuestros padres nos lleven al teatro, que coincide también con la edad en que otras cosas bellas también empiezan a interesarnos. Más tarde, las tetas bajan del cielo, pero eso es ya una historia más personal y menos pública.

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