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Tuve un tocadiscos marca Radiotécnica. Era de aguja y la calidad de sonido era muy buena. Mucha gente trataba de agenciarse uno para amplificar por él y usar sus bocinas, reproduciendo a partir de otro dispositivo. Todo lo que escuchaba era nacional, no tenía otra cosa. Una profesora de mi carrera de arquitectura me prestó entonces muchos discos que tenía en su casa sin usar porque ella no tenía equipo y estaban ahí, tirados en un rincón. Los había traído su hermano de la extinta Unión Soviética y todos eran música de otras partes del mundo. Fue simpático porque las carátulas estaban en ruso en muchos casos y eran discos de cantantes o agrupaciones de habla inglesa. Así estaban, por ejemplo, los discos de The Beatles y Queen. Escuché por primera vez algo de rock progresivo y sinfónico como Emerson, Lake and Powell o The Alan Parsons Project, algunos grupos competidores de The Beatles como Creedence Clearwater Revival u otros de la era glam metal como Bon Jovi y Europe. Dispuse además de música clásica, algo bien difícil de obtener, hoy todavía lo es, al menos en Cuba es así.

Beethoven me pareció monstruoso. Por cierto, de esa época tengo una anécdota interesante. Mi hermana no tiene mucha cultura musical y menos de música clásica. Yo tampoco, pero tengo la elemental. Por ejemplo, mi hermana puede que haya escuchado las famosas Estaciones de Antonio Vivaldi y sepa que ha chocado antes con ellas, pero no sabe identificarlas exactamente. O sea, desconoce totalmente ese mundo. Disponía en ese momento de Mozart, Vivaldi, Tchaikovski, Bach, Strauss y Beethoven. Yo podía poner en el tocadiscos cualquier cosa, que ella no se inmutaba, pero si ponía a Beethoven, allí venía al momento a pedirme que le quitara eso, que la alteraba. Luego me di cuenta que era con el alemán nada más. A mí me impactó la pasión de esa música, luego aprendí un poco más de él, de su vida marcada por grandes emociones desde niño. Por cierto, a diferencia de Mozart, casi todo lo escribió por escribirlo, no porque tuviese un mecenas listo a pagarle cada sinfonía que terminara. Componía por componer. Quizás por eso mi hermana todavía no puede con él: Beethoven es desbordante.

Cuatro álbums eran de Joan Manuel Serrat. Uno era de carátula negra con una foto central del cantautor barbado, nada menos que de 1972. Cuando se abría en dos partes como un libro se descubrían dentro las letras de las canciones, por cierto, no estaban en el mismo orden que estaban grabadas y eran realmente versos musicalizados de Miguel Hernández, poeta para mí desconocido. Desde el primero, Menos tu vientre, supe que se me estaba abriendo un nuevo horizonte. Aquella poesía era clara, transparente, impactante. Luego me ha sucedido lo mismo con otro poeta y dos poetisas, los cuatro son mis preferidos, pero el primero que llegó a mí, fue el español y a través de Serrat. Las otras tres producciones musicales eran las primeras etapas de Serrat y uno más cercano, de 1981. Empezaba a acercarme a otro tipo de estética, diferente a la de Silvio, un modo más directo de hacer canciones, menos enigmático, sin llegar ni mucho menos a ser simple. Las malas compañías era de esas que parecen evidentes y tienes que escucharlas en doble sentido y Esos locos bajitos o No hago otra cosa que pensar en ti sabes que no las olvidarás jamás. Joan Manuel Serrat significó el encuentro con otro tipo de obra que podía estar en mí al mismo nivel que había estado hasta ese momento Silvio sin ser exactamente iguales, sino más bien muy diferentes. Significaba una expansión, un nuevo salto. Conseguir su discografía fue mucho más difícil, tardé años en completarla. No tiene en Cuba tantos seguidores directos y muchos se quedaron en las canciones de los 70, donde incluso algunas fueron censuradas por incomprendidas, como Antes de que den las diez. Hay quién no va más allá de Mediterráneo y Penélope. Empecé esa recopilación en mis estudios universitarios, años duros de crisis económica, y la terminé hace poco y me refiero a los dos: tanto a la Poesía Completa de Miguel Hernández como a la música de Joan Manuel Serrat. La posibilidad de conectarme a internet fue determinante en este segundo caso.

Como un ciclo que se cierra enigmáticamente de modo muy personal, donde todo tiene relación, Joaquín Sabina hizo una gira esplendorosa por España y algunos países de Latinoamérica en compañía del catalán y el final fue con CD y DVD que salieron al mercado bajo el nombre comercial de Dos pájaros de un tiro. Entonces me enteré por Telesur que había un disco nuevo, grabado tras la gira con Sabina. El disco se llamaba Hijo de la luz y de la sombra y era nada más y nada menos que un homenaje en conmemoración al centenario del natalicio del autor de Nanas de la cebolla, con nuevos poema musicalizados. Se repetía la inspiración precisamente cuando yo lograba completar al fin toda su discografía de estudio. Tal casualidad no niego que me reparó una callada emoción interna.

Tengo una amiga que paladeaba conmigo las letras de Joaquín Sabina. Hace poco, me abandonó. Se me vendió a la tropa de Serrat y su argumento es irrebatible. Serrat es más tierno – dice ella. Y yo que la conozco y conozco algo ya de la vida, sé que hay momentos en que la ternura se convierte en la premura del alma. No la culpo.

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