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Podía oler a su víctima escondida en la maleza. Aunque había alcanzado a herirla en plena huída, optó por destrozar antes sus crías, sabiendo que el rastro de la sangre y el aliento de la muerte lo guiarían en su reemprendida cacería. De súbito, en un desesperado intento por sobrevivir, la vio cruzando un claro y, anticipándole los pasos, logró desbalancearla, presionarla contra el suelo y partirle el cuello de una profunda dentellada. Más allá de un astillar de huesos y un pálido ahogo, no hubo otras señales de agonía. Fue sólo otra demostración de la criatura dominante, un impacto descomunal e inevitable, seguido de un alarido de supremacía. Mientras, más allá del horizonte, un meteórico ruido caía del cielo entre estelas de humo y fuego, impactando contra la presunta invariabilidad del mundo.

Hoy, cuando se distrae la joven del museo que vela por él, los niños lo rodean y manosean entre risas su cráneo de bestia amarillento y deslucido.

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