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sabe Dios qué angustia te acompañó
qué dolores viejos calló tu voz…

Es imposible irse hacia el mar y pretender que no vas a regresarte sin quererlo o saberlo. Olvidaste que la siempre misma cara de la luna te trae a abrazar pena y silencio ajeno dos veces cada día. Que la sal de tu vida viene a compartirse cuando el viento dice versos conocidos al rozar la arena. Quizás dormiste tu presencia en los maternos brazos de una ola y aunque en paz querías dejar el alma, la nana que te canta viene a arrullar también la herida nuestra. Fundiste mujer, mar y poesía y seguiste, cómo cuando estabas acá, soñando irreverencias, añorando el descanso imperturbado. Pero nuevamente te fue negado tu deseo. Siempre que llamamos nos dicen que tú estás, y la pequeña huella que alguna vez marcó la arena es borrada por esa parte de tu soledad que lame nuestro dulce dolor y lo lleva a la paciente espera de la perla. Tanto no esperabas, fuiste solo a disolver agua en el agua, pero todo el mar no pudo con tu pena y vino a nosotros a buscar consuelo, a que lleváramos con él lo que de ti quedaba en cada playa, ese trozo de angustia que Dios puede que no sepa, pero nosotros sí.

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