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el dios de la tormenta quiso abrir la caja de los truenos y tronó..

Mi prima inválida no se explicaba por qué no me interesaba Sabina si era seguidor de la obra de Silvio y Serrat. La razón era que todavía estaba sin curtir lo suficiente. En la apreciación artística uno va escalando y va aprendiendo. Es un proceso en el que se ven implicados tanto la madurez personal como la experiencia que se va alcanzando escuchando diferentes variedades de música y cantantes y se escoge el que se considera el mejor camino según el interés y el espíritu e incluso ya en una senda, se va evolucionando. Yo no estaba listo aún cuando una tarde me puso A la orilla de la chimenea y después El caso de la rubia platino. La primera es una de las canciones de amor más bellas que he escuchado alguna vez, no solo por su música y ritmo, sino por su letra. Para mí, el amor es lo que dice esa canción, así entiendo el amor, así creo que es y tiene que ser. Pero sentir el amor es algo profundo y espiritual que se experimenta desde muy joven y luego se aprende a moderar, manipular –dicho en el mejor sentido-, manejar. No entendí El caso de la rubia platino, en lo absoluto. Ese primer contacto con algo de Sabina resultó demasiado contrastante. No pude comprenderlo y mucho menos vislumbrar que su música se me antojaría imprescindible años después.

Imagínense un charco ante ustedes y quieren pasar al otro lado seco. En el charco hay piedras que ayudan a transitar saltándolas de una en una. Si intentasen un solo salto, caerían en el medio del fango, el único modo es sobre las piedras, estando unos segundos en cada una preparando el próximo paso y luego avanzando. Ricardo Arjona fue una piedra necesaria en mi camino. Escuché mucho al guatemalteco, sobre todo los discos Si el norte fuera el sur, Sin daños a terceros, Galería Caribe, Santo Pecado y en menor medida, Adentro, porque ya estaba muy cerca de Sabina para esa etapa. Arjona fue una bocanada de aire fresco en la música en español que ha calado fuerte en Cuba con letras desenfadadas, voz clara y pronunciación impecable a la hora de cantar. Atrae además a muchas mujeres por su imagen agraciada y modo de hacer en escena a veces comunicativo e interactivo, usando las posibilidades que brinda la telefonía celular para ponerse en contacto directo con fans en pleno concierto. Sin tener un acompañamiento magistral, pues no es la intención, sus músicos acompañantes complementan muy bien su trabajo. Así que su propuesta de pop-rock que se sale de la balada tradicional melosa es una propuesta que fue y sigue siendo inusual, sin llegar a ser excesivamente profunda. Es un pasito más allá sin dejar de ser muy comercial. Llenó un espacio dentro de la vanalidad reinante y ha sido válido. Lo es todavía.

Un joven arquitecto colombiano que compartió conmigo como compañero de trabajo por unos años escuchaba mucho al andaluz. Se había graduado después de mí de la escuela de arquitectura y estaba haciendo su maestría para regresar a su país. Teníamos un amigo en común que me había dicho que odiaba ir a su casa porque él siempre tenía puesto en su equipo algo de Joaquín Sabina. Por el azar de la vida, estuve trabajando con ese colombiano en un equipo de proyecto en condiciones algo especiales y me refugiaba mucho en mi música. Nunca me ha molestado para proyectar, todo lo contrario, inspira mi labor creadora y en este caso me aislaba con mis audífonos de un ambiente que no era el más propicio para la integración y el intercambio. Me ayudaba a sobrevivir. Cuando era niño habían muchos libros y muy baratos en las librerías. A veces se me iba la percepción de mi alcance y compraba algunos que no entendía. Mi costumbre era guardarlos y dejarlos para cuando creciera. Varias experiencias satisfactorias tuve con esa práctica. Lo mismo había hecho con Sabina, lo tenía ahí, esperando, para ver si alguna vez yo crecía. Y en aquellas condiciones tensas de trabajo, le di una nueva oportunidad. El colombiano tenía 6 discos de él y me los pasó. Yo conocía A la orilla de la chimenea, El caso de la rubia platino, Y nos dieron las diez, ¿Quién me ha robado el mes de abril? y Peces de ciudad, pero cantada por Ana Belén. Nada más.

Empecé, no se me olvida jamás, por el disco Yo, mi, me contigo. El rocanrol de los idiotas abre esa producción del año 1996 con un ritmo optimista que va creciendo y termina en un júbilo que mezcla clásicos de la canción como She loves you y Johnny B Good. Luego le sigue Contigo, otra bellísima canción de amor que me ha generado más de una polémica con amigos y la cubanísima Postal de La Habana. Estuve días escuchando las 13 composiciones que componen el Yo, mi, me, contigo y acostumbrándome a la voz de Joaquín, a su ritmo, a su tono, a su estilo. Empecé a sentirlo y cuando lo sientes, es como si te enfermaras de algo incurable que te pone a prueba todas las estéticas, porque Sabina no es cantante de voz poderosa pero domina el idioma español con soberbia maestría y en sus letras no hay palabras sobrantes, y sobre todo, no hay palabras sin sentido. Me hizo revalorar mi opinión sobre Ricardo Arjona y sus símiles, muchas veces “bonitos” y nada más que “bonitos”. Las metáforas de Sabina son palabras mayores que vienen de alguien que juega profesionalmente con ellas, que escribe sonetos magistrales, no alguien que solamente tiene habilidad para unir sílabas y hacer una imagen mediáticamente decente. Además, su obra es su vida. Su voz es gastada por las malas noches, los bares, las drogas, el tabaco, el alcohol y los mundanos placeres. El canta lo que vive a diario. Al menos en mi caso, le di una oportunidad a su voz, de ahí a sus letras, de ahí a sus discos, de ahí a su poesía y su biografía. Sigue siendo un buscador de placeres que ha tenido que moderarse luego que sufriera un infarto cerebral en el 2001. Su último trabajo, Vinagre y rosas, saliendo a un mes y medio de finalizar el 2009 fue el disco que más vendió en España ese año, por encima de todos los que están montados en la maquinaria de lo enlatado y bobalicón en la península ibérica. Como todos los genios, se burla incesantemente de sí mismo y es de esos agraciados que cobra por hacer lo que más le gusta: cantar y hacer canciones.

No soy imparcial cuando hablo de Sabina y lo reconozco públicamente. Mi blog es evidencia de ello. El Café de Nicanor es una canción del Dímelo en la calle, y yo siempre fui camarero es una verso de ella. Estos escritos sobre Silvio, Serrat y Sabina bajo el título de La banda sonora de lo que viví, se roban una línea dorada de La canción de los buenos borrachos. Todos tenemos a lo largo de nuestra vida una banda sonora que nos acompaña en cada etapa y si bien la mía obviamente no se reduce a ellos tres, sí puedo poner a cada uno en un momento bien marcado de mi película personal. La oportunidad la aprovecho al tratarse de tres creadores muy diferentes, con obra extensa, imprescindible e indeleble que soporta y soportará el paso del tiempo. Entre ellos, Sabina se anota un lugar muy especial, bien atrincherado entre las letras más hermosas, conmovedoras o reveladoras que han llegado a tocar mis sentimientos.

Alguien contó una anécdota de la vida real y me identifico completamente con la confusión del personaje protagonista. Era un tipo que pretendía enamorar a una chica y entre sus cartas a jugar estaba ofrecerle la discografía de Sabina a la que ella le había prestado poca atención. Y empezó:

– Llévate Física y Química… y también 19 días y 500 noches… y Dímelo en la calle y Esta boca es mía… y también tienes que llevarte Mentiras piadosas y Enemigos íntimos… y Nos sobran los motivos… y…

Hasta que abrumado, acabó cogiendo todos los CD’s y metiéndolos en una jabita, sentenció en voz baja, para que no lo oyeran hombre reconociendo que hay otras cosas que tiran más que una carreta:

– ¡Mira… mejor llévatelos todos!… pero, por favor, no te demores mucho con ellos…

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