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Cuando Juan regresaba a su lecho /no sabía, oh alma querida,
que en la noche lluviosa y sin techo / lo esperaba el amor de su vida.

Silvio Rodríguez

Los portales ocupaban la esquina de la calles Soledad y Anhelo. Ella corrió a refugiarse desde la otra acera, señalándose a sí misma por no haber cogido la sombrilla esa mañana. Sintió frío y cruzó los brazos sobre el pecho. La lluvia arreció y dio dos pasos hacia atrás para que no se le mojaran sus zapatos. Los de él chapotearon un último charco antes de acogerse en la otra fachada del mismo edificio. Maldecía el aguacero imprevisto porque ponía a prueba su paciencia, por eso había intentado seguir adelante hasta que el periódico con que se cubría no daba mucho más y tuvo que detenerse forzadamente si no quería terminar empapado. No podía darse ese lujo. Nadie lo esperaba en casa y tenía un poco de fiebre catarral. El agua corría por los contenes y abarrotaba las alcantarillas. Resignado, se volvió a mirar hacia el interior de la tienda, ahora desolada.

Si hubiese sucedido un poco antes, la habitual muchedumbre de compradores lo habría impedido. Pero ahora estaba cerrada y vacía. Dos miradas de gente detenida pudieron cortar el aire por dentro del espacio bajo techo de un lado a otro de calles y almas diferentes, haciendo del buen azar una certeza que derrumba incertidumbres.

Hoy amaneció con sol y él tiene alguien que lo espera. Ella un inicio de fiebre catarral y menos frío.

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