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Cuando era niño tenía en mi subconsciente la imagen muy bien definida de una gran escalera de mármol que ascendía hacia el interior de un edificio. Era larga, empinada y oscura. Todavía no iba a la escuela, así que tendría alrededor de 5 años. Nunca hablé de esa imagen con nadie, pero estaba en mi mente y yo no sabía por qué. Cuando iba con mis padres a cualquier lugar de la ciudad, buscaba esa escalera. Más de una vez estuve delante de alguna y trataba de convencerme a mí mismo de que era esa la que buscaba para al fin encontrarla. Siendo tan clara y definida, quería encajarla en algún lugar. Pero todo fueron constantes decepciones. Recuerdo perfectamente, vestido de uniforme de preescolar, en un momento en que estábamos por una razón que ya olvidé fuera de la escuela esperando en la acera y reparé en una escalera que nunca había visto a dos puertas de mi aula. Pero tampoco era esa. Empecé a preguntarme si la imagen que navegaba en mi mente era una idea fija sin sentido, algo inmaterial que pertenecía al mundo inexplicable. Aquello era casi una obsesión de mi niñez temprana que yo estuve tratando vanamente de encauzar por mucho tiempo y era realmente triste no encontrarla nunca y empezar a dudar entonces si alguna vez fue real para comprender que siempre estuvo en un mundo de sueños. Había buscado por gusto, había perdido el tiempo, mi seguridad era falsa. Lo que yo creía que existía y buscaba, no era.

Un día me dijeron que iba a la capital a conocer a mi abuela, tíos, tías y primos. Me dijeron además que ya yo había estado allá pero no lo recordaba. O sea, yo iba por primera vez a un lugar al que ya había ido. Ya era un niño más grande y entonces iba con la consciencia de que ese es el momento que nos queda para toda la vida como la primera vez. Al llegar, nos bajamos del auto y me dicen: mira, es por ahí para arriba… mientras me señalaban una entrada, a unos metros, en la fachada de un gran edificio antiguo en medio de una calle. Cuando caminé hasta allí y miré… ¡qué alegría! Fue una mezcla de regocijo, alivio, satisfacción, asombro. Allí estaba la escalera que yo tenía metida en mi mente, la reconocí al instante. Y me llegó en un momento en que lo menos que yo pensaba era que la encontraría, estando tan lejos de mi casa y siendo un recuerdo que siempre di por cercano por lo preciso que era. Pregunté cuándo yo había estado allí y me dijeron que con menos de dos años me habían traído para que me conocieran. Así que aquel viaje significó para mí la solución a un dilema que me había hundido en lo decepcionante y ahora podía ascender a conocer a mi familia paterna por escalones tan añorados que alguna vez, siendo bebé, se metieron en mi cabeza y no me dejaron en paz hasta llegar otra vez a la punta del hobillo.

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