Etiquetas

, ,

Pero no importa, / bésame
otra vez y otra vez / hasta encontrarme.
Carilda Oliver Labra

Como una cortina que se descorre lentamente, la mañana fue llenando el aire de la habitación. Cuando abrió los ojos no tuvo que volver el rostro hacia el otro lado de la cama, ni moverse para sentir si todavía estaba acompañado. En ese momento, no le importó que ella ya no estuviese. Ni siquiera le era extraño. Muchas noches de juerga, cerveza y mujeres le habían enseñado que siempre se amanece solo, aunque el otro todavía esté. Pero esta vez no lograba comprender lo que estaba sintiendo. En lugar de bañarse, vestirse y salir a la calle con su cigarrillo y una ensayada risa de satisfacción, seguía allí, de pie y desnudo en medio del espacio. Intentó repasar lo sucedido.

La noche se parecía a muchas otras. Sabían que iban al cuarto a devorarse pero no quiso darle tiempo a nada. Le fue encima, la volteó y empujó contra la pared, con pasos e intención premeditada. Tomó sus brazos y se los puso contra el muro como si fuese un excesivo registro policial. Buscó su nuca entre su pelo suelto y le dejó allí un beso metido en una caliente respiración que entrecortaba la serenidad de sus labios. Ella quiso ir más allá y hacer más dulce y más cercano aquel momento pero con resolución llevó otra vez la intención de acariciarlo a la misma posición de sumisión. Le sacó entonces la blusa de tirantes y con parsimonia disfrutó la extensión y las curvas de la espalda mientras sus manos se llenaban con los senos ahora firmes que antes danzaban insinuantes al ritmo de la música y la vibra. Midió sus caderas y se acercó al comienzo de su vaquero ajustado. Le separó un poco las piernas, recorrió sus nalgas bajo la tela y metió el dorso de su mano contra la parte más caliente de aquella hembra mientras besaba el límite entre el pantalón y la piel. Subió su ímpetu otra vez dibujando su media desnudez, buscó al frente el único botón y abrió la cremallera hundiendo sus dedos en el espacio y la humedad. Para ese entonces, ella gemía pero no intentaba escapar como hizo antes. En un único gesto terminó de quitar lo que faltaba y cuando tuvo el acceso indispensable la penetró de pie, sin dar tiempo a que las ropas tocaran el piso. Se abrazó con ansiedad a aquel cuerpo y mientras la tenía, empezó a sentir como su excitación se transformaba en algo desconocido e inesperado. Sus sentidos se iban esta vez liberando con una inusual sinceridad y en cada golpeo de su miembro más natural y transparente quería serle. Aun estando aprisionada y contenida, no era él precisamente el ente dominante porque no se trataba esta vez de sexo solamente, se había prendido además una luz en el sudor de su alma que lo llevó al éxtasis convulsionante e incontenible. Todavía metido en el resplandor, le dio media vuelta frente a sí y por primera vez besó su boca, desvalido. Luego, se degustaron en la cama pero ya para ese momento él iba barranca abajo como hoja muerta arrastrada por el río. Fue incapaz de recuperar las normas, los roles, los papeles. Recuerda que se bañó en su pelo y apretó su cara contra las lunas de su pecho y allí se durmió sin decir palabras, mientras ella lo alumbraba con unos ojos más abiertos que nunca, compadecida y todavía erótica y ardiente.

Despertarse había significado el retorno y la pérdida de muchas cosas. Nunca antes la había visto. Aquel fue el primer encuentro y su primer beso fue ese en medio de un confundido placer que para ella terminó cuando lo acunó tibiamente aquella noche. Pero él, dormido, recorrería desesperadamente las calles de una ciudad desconocida hasta encontrarla y besarla otra vez, sintiéndose enigmáticamente salvo y renacido.

Se fue calladamente. Para no despertarlo se puso los tacones a mitad del pasillo sin saber que había seguido acompañándolo en su sueño. Minutos después, él bajo estrepitosamente las mismas escaleras con un amor en brazos y sin un nombre que gritar.

Anuncios