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El guionista y director de esta película aclaran que cualquier coincidencia con la realidad ha sido pura intención. Todos los derechos son de ustedes.

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Hay más bellas que tú, hay más bellas.
Pero tú eres la reina.

Pablo Neruda

Este era un gato enamorado de una mariposa. De ella lo separaban el mar y la distancia. Había perdido el sueño y a veces se acordaba de cuando todavía dormía. Estar lejos de ella empeoraba su desvelo involuntario. Así pues, aunque se creía capaz de nadar diez mil kilometros en busca de su amor, consideró más razonable hacerse de un medio de transporte. Y cuando digo “hacerse”, lo digo literalmente. Se le ocurrió armar un artefacto viajero y dos amigos se le unieron en el empeño con la intención de ayudarlo y materializar además sus ideas creadoras. El caso es que uno era un gato marinero y el otro un gato piloto, así que los criterios en la construcción corrían sobre ideas divergentes entre un barco o un avión.

Los acompañaba una gatica que no pretendía ser parte de la expedición pero echada a la sombra valoraba bien la tarea de aquellos tres machos. Al menos en uno de ellos primaba el amor y en los otros dos la amistad y la conmiseración y aunque dudara del éxito del proyecto no dejaba de serle interesante que aquellos sentimientos cupieran aún en el corazón de los felinos. De una callada manera los admiraba, pues asfixiada por su orgullo y soberbia se cuidaba de admitirlo. Demostraba solamente, curiosidad. Temerosa de ser descubierta en sus más bajas pasiones, calculadora y cauta, pensaba que quizás en ese mismo momento, del otro lado de las aguas, un grupo de mariposones se reunían para hacer un globo aerostático y volar en busca de la gata de sus sueños que, obviamente, era ella.

En unas semanas lograron terminar el transporte y resultó que los criterios divergentes se convirtieron en algún punto en convergentes y el resultado fue un flamante hidroavión de cuerpo de madera y alas velas pintadas de negro y naranja porque así las quiso el enamorado argumentando que su mariposa tenía esos mismos colores en las suyas. Y una clara mañana, partieron hacia el oeste, levantando vuelo, mientras la gatica los miraba perderse en el cielo y ahora en soledad suspiraba sin reparos por mariposones y zeppelines. Prefería no volar porque se podía caer y no nadar porque se podía ahogar. Aunque en algún momento fugaz quizás dudó, finalmente escogió quedarse.

Como casi siempre ocurre, el resultado refleja el cómo de la concepción. Comenzaron volando pero se averió el mecanismo y cayeron al mar. El gato marinero sacó su pipa y su gorrita azul y blanca, hizo algunos ajustes y puso aquello a navegar con viento a favor. El otro, mientras tanto, invirtió ese tiempo localizando y reparando la avería. Cuando más orondo estaba el marinero, se enredaron las cuerdas y quedaron a la deriva pero ya para ese tiempo estaba lista la maquinaria volante y despegaron inmediatamente. ¡Y ahora todo era al revés! Mientras la bufanda del gato piloto volaba al viento, el marinero reparaba sus tensores y repasaba el velamen. Algo muy atinado, pues otra vez no le fue bien en la altura y volvieron al mar. Y mientras fue barco, se reparaba el avión y mientras fue avión se reparaba el barco y así, dando salticos entre nubes y olas, en camarote o cabina según el caso, aterrizaron en el claro de un bosque a mediados de octubre.

El insomne había marcado el curso y las coordenadas todo el viaje. Los amigos simplemente se disputaban el funcionamiento del equipo pero el destino lo marcaba todo el tiempo el dueño del amor. Aunque le parecieran extrañas sus ideas, no se les ocurrió cuestionarlas en ningún momento. Y allí estaban, en medio de montañas, en un rinconcito michoacano. El lugar exacto, según él. Rápidamente, el gato marinero al enterarse cambió su gorra de ancla por un sombrero charro, para estar a tono. El piloto, algo más reservado, conservó su bufanda porque hacía algo de frío. Mientras, conversaron y reafirmaron en susurros su amistad y compromiso de permanecer con el hermano hasta el final, pues al parecer, algo había fallado. ¡En aquel bosque no había una sola mariposa!

Consideraron mejor no hacerlo trascendente ante su compañero y hablaron de si uno hacía el ridículo, pues el estar en México no implicaba estar vestido de charro todo el tiempo, o si el otro debía quitarse ya sus espejuelos y bufanda de aviador y ser un tipo más adaptado a las circunstancias. En un incómodo momento en el que ya no tenían más nada que decirse, el que nunca dormía, sin que nadie preguntara, aclaró que habían llegado un poco antes a la cita. Pero ella vendría, estaba seguro de ello. Pasó entonces toda una semana que el marinero y el piloto emplearon en recuperar fuerzas. No habían olvidado empacar algunas latas de sardina y entre comida y comida hacían lo que el otro sí había olvidado hacer: dormir. A veces intentaban compartir un rato con él, pues como nunca tenía sueño siempre estaba disponible para conversar pero sus historias parecían algo maltratadas por viejas y confusas pasiones que lo llevaban a contar sobre linajes de reinas, manos que tocaban corazones y sanatorios olvidados por el tiempo. Como un gato tiene siete vidas y mucho sueño, volvían a dormirse cuando el insomne hablaba de su tercera o cuarta estancia en cierta sala de moribundos. Nunca lograban permanecer en vilo hasta el final. Entonces aquel, que admiraba también la fidelidad incondicional de aquellos dos que junto a él no buscaban ni ganaban nada, los cubría un poco con una manta de cuadritos rojinegros y volvía a mirar al cielo, aunque fuese de noche, esperando algo que debía venir de él.

Una mañana, el gato piloto se sintió zarandeado por el marinero. Los ojos de aquel estaban más abiertos que nunca y señalaba con una pata hacia el cielo. La imperturbabilidad de aquel lugar se veía ahora transformada por un acontecimiento espectacular. No habían una, ni dos, ni diez sino muchas, muchísimas mariposas anaranjadas ribeteadas en negro. Lo cubrían todo y seguían llegando. Parecía que todas las del mundo y no una sola vinieran a reunirse con su amigo que no dormía, que la recompensa de tanta espera y esfuerzo se había coronado al final con una multitudinaria fiesta de alas. Por cierto, el enamorado no estaba a la vista, así que decidieron ir por él mientras sacaban cuentas de cuántas de las siete vidas necesitarían para entre los tres encontrar la indicada entre millones semejantes. Allí había demasiadas, así que era evidente que llegaban de varios lugares y al parecer lejanos, pues se veían a simple vista algo agotadas. Ellos venían también de lejos pero eran solo tres y además el que marcaba el rumbo contaba con mapas, brújula, astrolabio y cronómetro. ¿Cómo podían aquellos insectos tan delicados y aparentemente simples viajar desde lejos y llegar exactamente allí en tamaña concentración? ¿Qué acertijo se escondía en aquellas criaturas? ¿Podría la fuerza del amor hacer que su amigo enamorado y no durmiente encontrase la suya entre semejante número?

Por fin pudieron verlo en medio del sendero y se detuvieron en silencio a disfrutar y compartir la escena. Allí el que no dormía tenía en la cabeza la que les pareció la más bella de todas, ahora que se lucía apartada del grupo. Tenía estupendas alas que abría y cerraba sensualmente. Caminó a pasitos sobre las orejas, la nariz y los bigotes de su elegido. Le hizo cerrar los ojos y estornudar alguna que otra vez mientras danzaba sobre él. Luego, levantó vuelo y mientras aquel quedaba en tierra embarrado de polen y de polvos, ella se unía a sus iguales a muchos metros del suelo y se quedaba quieta como nueva hoja del árbol. Toda esa noche estuvo él mirando hacia lo alto, y por primera vez no estuvo solo. Bajo millones de mariposas que dormían sus amigos se mantuvieron con él apretaditos y despiertos, desvelados por el amor que increíblemente todavía sabe encontrar, entre lo común, lo diferente.

ACTUARON
(por orden de aparición)

Gato enamorado: INSOMNE ERRANTE
Gato marinero: Carlos Efrón Mur
Gato piloto: camarero
Gata cauta: Cat
Mariposa monarca: Izmatopia

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