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Knock… knock… knockin’ on heaven’s door

Estás desnuda sobre la cama como una fiera en celo que espera y arde. Tu espalda reluce y es más de lo que puedo comer en una noche. Aún así, me arriesgo a abrirme paso. Empieza a escucharse la guitarra de Slash y tras ella va la voz que se quiebra. En la penumbra mis manos comienzan a moverse sobre la piel, marcando el ritmo, posando toda la melodía.

El primer solo es romántico y triste pero alcanza para convertirte en un ser que late sus impulsos.  Pasa veloz ese instante más directo y vuelve Axl, ahora un tono más arriba, donde ya estás tú esperándolo. Se corta el aire, se derrumban las paredes, el tronco del árbol se estremece.

Viene entonces el segundo momento de la guitarra, más complejo y definido, y te recorro como si tu columna vertebral fuese mi única verdad palpable para asentar los sonidos y los besos. Contra una almohada húmeda y febril se estruja un llamado a las puertas del cielo y nuestra habitación ya está inundada. Te vuelves y llego a ver en tus pupilas el rojo del metal fundido.

Después me matas.

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