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De esta anécdota me acordé este fin de semana porque mi sobrina estaba estudiando geografía para un examen y lo hacía usando un Atlas que me gané de premio en un concurso municipal cuando estaba en secundaria básica. Le hice varias historias simpáticas o curiosas de mi experiencia de estudiante en encuentros de conocimientos. Concursé en varias asignaturas en mi etapa de secundaria básica y preuniversitario. En aquella época ese movimiento de concursos era bien fuerte y dinámico sin grandes premios, el verdadero placer era participar. De hacerlo tanto, uno iba conociendo a la gente que resultaba ser la misma y lo interesante era no ganarse entre sí sino ver si habíamos sido capaces de vencer los retos del concurso, algo así como nuestra personal “batalla” contra los profesores y los metodólogos.

La primera vez que fui a un concurso, fue de matemáticas y fue un encuentro de conocimientos entre mi secundaria y una vecina. Había cierto aire especial porque era de noche, luego de las clases y estaban en la escuela sólo los alumnos implicados, además, tuvimos que movernos nosotros. Yo estaba en 7mo grado. Era un encuentro exclusivamente de esa asignatura. Los profesores de ambas escuelas se reunían y elaboraban las preguntas. Una de ellas era la pregunta individual que en este caso la elaboraron para que pudieran hacerla alumnos de 7mo, 8vo y 9no que son los tres grados de la secundaria básica en Cuba. Les hablo de muchos años atrás pero esos grados aún se mantienen. La pregunta individual era para que demorara más encontrar la respuesta y requería más esfuerzo. En este caso, se trataba de una pregunta engañosa que arrojaba hacia un resultado que nunca se me ha olvidado: 8. Realmente, lo correcto era 4. Como dije ya, la pregunta individual en este caso estaba al alcance de alumnos de los tres grados, así que competíamos todos, los de nuestra escuela y los de la escuela rival. Me dio 4 y entregué el examen. Al salir, pregunté. Todo el mundo estaba feliz, les había dado 8. Yo buscando y preguntando, todo el mundo con la misma respuesta: 8. Como dije antes, el espíritu competitivo no era tan tenaz entre nosotros sino más bien se centraba en ver si lográbamos vencer el reto impuesto por los profesores, así que las escuelas confraternizaban y era oportunidad de conocer y hacer nuevos amigos. Al salir del aula del concurso la gente se agrupaba y mezclaba, preguntándose indistintamente el resultado. Todo el mundo: 8. Yo estaba ya alicaído. Había metido rotundamente la pata. Al final, me senté en un banco. Al rato, viene hacia mí un tocayo: Julio César Satorre. Era un negro grande, de 9no. Un tipo muy inteligente y muy buena gente a pesar de tener un físico que impresionaba para su edad. Venía como yo, decepcionado. Se sentó al lado mío y me dijo en tono melancólico y bajito:

¿Cuánto te dio?
¿A mí?… a mí me dio 4… – le dije abatido pero con menos pena porque evidentemente él había también había metido la pata, sino no me hubiese preguntado así.
A mí también me dio 4 – me respondió.

Por unos instantes nos quedamos igual que cómo estábamos porque ambos veníamos de haberle preguntado a todo el mundo: ¿Cuánto te dio?… Me dio 8… Ups!… ¿Cuánto te dio?… Me dio 8… Ups!… y lo habíamos hecho cada uno por su lado para al final, entre casi 20 muchachos, dar el uno con el otro. Y por unos segundos, cuando nos dijimos: me dio 4… seguimos pensando que estábamos equivocados cuando en realidad éramos los únicos que habíamos acertado a hacerlo bien y seguimos allí, sentados en el banco, balanceando los pies, tristones. Bueno, balanceándolos yo que era un adolescente menos desarrollado físicamente. Y lo cómico fue que reaccionamos al mismo tiempo y nos dimos cuenta que a ambos nos había dado 4 y que esa era entonces la respuesta correcta. ¡Te dio 4! ¡Dime qué hiciste! ¡Dime qué hiciste! Eso ya fue saltando y pasando del fracaso a la alegría. Siempre que me acuerdo de eso me sonrío por ese tiempo que medió entre decirnos la respuesta y reaccionar. Ese encuentro salió por el periódico, por ahí en algún lugar anda la nota donde dice que los tocayos descifraron el acertijo.

En 9no participé en geografía y gané el concurso municipal y de ahí vino como premio el Atlas que estaba usando mi sobrina. Yo quedé en primero y un amigo de otra escuela en segundo. La vida después nos depararía estar juntos en el preuniversitario y luego en la carrera. Terminamos defendiendo tesis juntos. Ambos fuimos al concurso provincial. Mi profesora de geografía se enfermó y ningún otro profesor quiso acompañarme, fui al concurso solo y eso al final me costó caro y mi profesora lo lamentó mucho pues si ella hubiese podido ir o alguien me hubiese acompañado, es muy probable que no hubiese pasado lo que voy a contar ahora. Yo no pude responder a una sola pregunta del examen que era decir quién estaba en una foto. La foto correspondía al Che Guevara en la balsa Mambo-Tango en el Amazonas. No lo supe. La que ganó el primer lugar falló en una pregunta nada más, al igual que yo, pero la de ella era de geografía y no de historia como era la mía, además era un error garrafal. La prueba tenía una afirmación que había que argumentar y era que las muestras evolutivas de diversos tipos de antropoides demostraban la teoría evolucionista de Charles Darwin en el caso del homo sapiens americano. Ella se fue con la afirmación y dijo que prueba de ello eran los múltiples hallazgos de restos humanos en América pertenecientes a fases anteriores del género homo. Falso. El hombre en nuestro continente es resultado de migraciones, presumiblemente por el Estrecho de Bering o por las islas del Pacífico. Los grandes restos humanos anteriores al homo sapiens están en África y Europa. Como yo no tenía “padrinos” en la calificación, quedé en segundo y mi amigo que había cogido segundo en el provincial, quedó tercero esta vez. Entregaron los premios y partí. La escuela donde se hizo el concurso queda cerca,  en una elevación cercana a la Loma del Capiro que domina nuestra ciudad. La bordea la línea del ferrocarril. Ahora eso está urbanizado, antes no lo estaba y yo cogí por un trillito que había al lado de la línea y que me llevaba a mi casa. No estaba triste, lo digo sinceramente. Cogí 2do provincial, estaba bien.

Mi amigo fue siempre muy distraído. Ya dije que hice el preuniversitario con él y defendimos juntos la tesis de graduación de arquitectura. En plena carrera universitaria le dije que si él se acordaba de la época de los concursos. Yo daba por sentado que en toda la etapa de preuniversitario que sigue a la secundaria básica y esa etapa de universidad, Ernesto Gabriel daba como origen de nuestra amistad aquellas coincidencias en los concursos aún siendo de escuelas diferentes. Pues no. Él sí se acordaba de los concursos pero no me había identificado como “aquel” de los concursos. Así que me pasé 5 o 6 años tratándolo pensando que él se acordaba y me identificaba por ello. Le hice recordar en específico aquellos de geografía municipal y provincial, donde casualmente yo quedé primero y él segundo y luego yo segundo y el tercero. Me dijo: ¡Ah pero si eres tú! Este tipo resultaba ser todo un personaje sin siquiera proponérselo. Después me hizo una confesión. Él había ido con sus profesores que lo estaban felicitando y estaban muy contentos luego de la entrega de los lugares y los premios y desde la escuela que estaba en lo alto, me veía a mí cogiendo el trillito, con la línea férrea de un lado y monte del otro. Y pensó: Yo cogí 3ro y mis profesores están aquí, felices y abrazándome. El cogió 2do, y se va solo.

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