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Vuestra realidad (la cubana) es tan rica en todo sentido,
tan desbordante, tan plural, tan tremenda,
tan chocante y tan única, que es muy difícil hablar de ella.
Pedro Almodóvar

Hace años que nos conocemos. Es argentino y trabaja para un periódico de su país reportando la vida cultural de nuestra capital. No sé qué rayos puede interesarle al público de Buenos Aires lo que aquí acontece y en broma le he preguntado muchas veces si no es más interesante cubrir la vida cultural de París que la de La Habana. ¡Sos un cabrón! me dice. A veces lo molesto intencionalmente criticando en exceso mi realidad y entonces me dice que no apreciamos con justeza nuestras verdades. A lo mejor si pudiera ver el mundo como lo has visto tú, lo hiciera. Él se ríe y mueve la cabeza reconociendo que ha caído otra vez en una provocación. Al final, es un enamorado de Cuba. Ha estado en varios países de América, Europa, África y el Medio Oriente, a veces como turista y otras como profesional, y ha escrito algunas guías desde la perspectiva del viajero común. Tiene nombre de artista: Marcos Zuluaga. Aunque siempre lo llamo por el apellido, le parece un trato muy oficial, pero ya está acostumbrado. Acá eso significa más bien confianza y complicidad. Tenemos diferentes caracteres e incluso diría yo diferentes esquemas de valores pero nos respetamos los criterios y dice preferir mi compañía inquisidora a una complaciente. Lo sucedido en este año y medio no ha sido la excepción. Suelo ser un tipo incómodo pero soy fiel, soy buen amigo. Como le tengo aprecio estoy a su lado ahora mismo, en esta butaca de satín rojo, si bien no entiendo algunas cosas y por primera vez en esta historia, no le estoy diciendo lo que pienso. Contaré como hemos llegado todos hasta aquí.

Una mañana del verano pasado entró en mi oficina para pedirme consulta sobre el sistema de fortificaciones de La Habana. Quería escribir algo en su columna sobre el asunto. Trabajo en conservación de edificios con valores históricos y es un tema que suele apasionarme, pero me interesa más el mundo de la calle cotidiana de intramuros que las fortalezas. Del Morro y La Cabaña prefiero más la vista de la ciudad que tengo ante mí que esos monstruos de piedra llenos de cañones viejos. Como lo sabe, llegó pidiéndome una recomendación sobre alguien que pudiera ayudarlo a recorrerlas y verlas de otro modo. Lo llevé con Lidia, una ingeniera que le va más a esos temas y se pasa la vida indagando en las estructuras de los castillos, fuertes y torreones. Me preguntó por ella antes de abordarla. Le dije que lo único que sabía era que estuvo enrolada hasta hace poco con un tal Niño, un tipo de la Habana Vieja, que vino a buscarla aquí al taller dos o tres veces. Siempre me pareció que la estaba chuleando, pero así son las mujeres, mientras peor las tratas más se arrastran tras de ti. Esos datos no me interesan, lo que me interesa de ella es si puede ayudarme con una crónica sobre el sistema de fortificaciones de La Habana – me dijo muy serio. Ya sé que de las mujeres nos interesan cosas diferentes, argentino. Zuluaga y yo diferimos en el tema del amor y las mujeres y por lo tanto, de los hijos. Es muy idealista y espiritual. Medio comemierda, como decimos los cubanos. Yo no quiero tener hijos, la vida está demasiado compleja. Él dice que no los ha tenido y que ha sido mejor así por su trabajo itinerante, pero en el fondo le duele. Quizás si los tuviera entonces no hubiese viajado tanto. No sabe estar con nadie sin comprometerse y no se aprovecha de su condición de extranjero en Cuba, jamás lo he visto con una prostituta. Pasa de los 40 y sigue buscando la mujer de su vida, una que sepa volar. ¿Asere, qué coño es eso de volar? ¡No me jodas, Zuluaga! ¡Las mujeres ya no están pa’ eso!

Al final, terminó enredado con Lidia. Me sorprendió con la noticia un día que pasó en su carro a buscarla. En una conversación más privada, me contó que la llevó a su casa luego de una tarde en San Carlos de La Cabaña y la dejó en su solar. No había terminado de bajar aquella escalera endeble y oscura cuando la oyó gritar. Subió como pudo a trostacones y la encontró en pánico. Había una rata en la cocina. Cogió un palo que había tirado en el pasillo, entró a la casita, mató al bicho, lo metió en una jaba y bajó. Lidia se había metido en el carro, nerviosa y renuente a regresar al cuartico. Decidió ir para la casa de su madre, él le ofreció alquilarle un hostal o un cuarto de hotel por una noche, pero no aceptó. Ya se comentaba que andaba con un extranjero y no quería que ese rumor siguiera cobrando fuerza. No la tomó por loca, supuso que no regresaba porque allí estaban todos los recuerdos de ella de con el Niño y la rata venía a ponerle la tapa al pomo haciendo del lugar un sitio desagradable y al mismo tiempo servía de pretexto para desprenderse. La entendía. ¡Si lo sé yo! Cuando conocí a Zuluaga, su relación estaba en crisis y fui testigo y paño de lágrimas del final. Me consta que se pasó una semana durmiendo en el sofá por no dormir en la misma cama donde dormía con ella. ¡Lo que tienes que hacer es meter una mulata ahí y verás cómo se te olvida! Verdad que Ángela estaba buena, pero no para tanto. Sin comprenderlo, lo acompañé a comprarse una cama nueva, con colchón y todo. Me regaló la suya y muy bien que me vino. Me alegraba que la relación con Lidia le quitara a mi amigo un poco de su perenne melancolía, pero el destino es un hijo de puta. Los caminos a la felicidad son a veces demasiado torcidos. Ya verán por qué lo digo.

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