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Meses después, Marcos me hace una propuesta algo extraña: iba a la boda de Ángela y me preguntó si quería acompañarlo. No entendí cómo con lo metido que estaba con ella hasta hace poco, iba de invitado a su boda y lo aceptaba normalmente. Pensé que a lo mejor era una prueba de que ya estaba curado. Al menos yo, no me imagino en la boda ninguna de mis ex. Seguro tiene que ver con eso que dicen de que los hombres de afuera son más civilizados que los cubanos en las relaciones personales. Me hubiese gustado ir para tomarme unas cervecitas y ver por mí mismo la reacción del argentino ante su vieja pasión vestida de blanco pero casualmente tenía un asunto de trabajo en otra provincia que no podía evadir. Estuve todo el día siguiente fuera y regresé bien tarde porque el viaje resultó demorado más de lo normal debido a un frente frío de esos que trae mucha agua intermitente y complican la carretera. Al llegar a casa, cansadísimo y con ganas de acostarme, sonó el teléfono. Era su voz. Mi amigo –me dijo, con una voz gris y ahogada- Lidia tuvo un accidente. La atropelló un auto que perdió el control con la calle mojada. Bajé las escaleras de mi casa y confieso que por unos minutos, actué incontrolablemente. Salí corriendo, como si así pudiese llegar al hospital. Ahogado, me di cuenta que era imposible. Afortunadamente, pude coger una guagua que paró fuera de sitio. Llegué mojado y atribulado. Enseguida me puse al tanto de los detalles con una enfermera. La situación era grave y ella estaba inconsciente. Mi amigo estaba igual: destrozado. Que le pasen estas cosas a la gente que quiero, me encabrona. Aunque no comparta los sueños de otros, me jode que se malogren. Yo, que normalmente encuentro siempre las palabras, en casos como estos no sé qué decir. Estuvimos callados toda la madrugada en el salón de espera de intensiva. Al otro día supimos que su vida no corría peligro inminente pero estaba en coma, ese estado médico que para mí es como estar medio muerto. Al mediodía, Zuluaga tuvo una conversación con el doctor que la atendía. Antes había estado allí el Niño, y tengo que reconocer que lo sentí dolido y eso me extrañó un poco. Era un tipo duro y lo noté flojito, la verdad. Lo que habló con Marcos, no lo supe porque me fui a una terraza a fumar un cigarro como pretexto para dejarlos solos.

Los primeros días después del accidente no abandonaba a Lidia ni por un momento como si la posibilidad de que despertara fuese lo que debía suceder. Nunca le dije nada pero aquello no tenía sentido mantenerlo. Lidia podía estar así meses, años, toda la vida y él tendría que seguir la suya. Pero me sentía incapaz de hablar del tema, simplemente esperé que las cosas cayeran por su propio peso y me mantenía atento para apoyarlo a la primera evidencia de toma de decisión. Tardó un mes en empezar a trabajar, pero seguía pasando en algún momento del día por el hospital. Había hecho allí una amistad singular con un enfermero que atendía casi exclusivamente a otra mujer que también estaba en coma en la misma sala que Lidia y casualmente debido a traumas de un accidente de tránsito. Un día que fui con Zuluaga a la visita, me presentó a Benigno. No sé qué cosa rara le noté, pero me pareció medio pajarón y se lo dije a Marcos. Me dijo que no se lo notaba mucho y que era muy buen profesional y que eso a él no le importaba tanto. Atendía exclusivamente a Alicia porque ella padecía problemas de presión y otros desajustes hormonales que Benigno había aprendido a manejar con prontitud y eficacia. Ellos habían encontrado en temas como la literatura, el teatro y el cine temas de conversación, incluso alguna vez fueron juntos a ver alguna película. Le dije que un cubano que pasara tanto tiempo con un enfermero e incluso alguna que otra vez salieran juntos, sería catalogado de maricón al momento. Vos mismo lo has dicho… un cubano… yo soy argentino. Me hizo la historia de Benigno y Alicia. Resulta que ella era alumna de una escuela de baile que quedaba frente a su casa. Él por esa época se ocupaba de su madre que estaba convaleciente y a ratos la veía bailar por la ventana. Una vez incluso la siguió después de clases solo por saber dónde vivía. De repente, Alicia dejó de venir durante toda una semana al salón de baile. Benigno fue por su casa pero no pudo averiguar nada y no se atrevió a preguntar. Cuando volvió a verla fue ya en el hospital y la colocaron en su sala sin que mediara su influencia, al parecer era verdad que era bueno en su trabajo y tenía prestigio merecido. De eso hacía cuatro años y en todo ese tiempo la había atendido incluso en horas extras. Hablaba con ella a pesar de que estaba en coma y le contaba todo lo que hacía o leía o veía. Decía que el cerebro de la mujer es un misterio y que nadie podía asegurar a rajatabla que no podía escucharlo a pesar de estar en estado vegetativo. Todo eso me ratificó la idea de que era un tipo muy extraño y no me convenció de que no era maricón aunque evidentemente estaba obsesionado con Alicia.

Visitar a Lidia en intensiva no me agradaba y encontrarme con aquel tipo que tan bien se llevaba con Zuluaga y que tan mal me caía acabó de ponerle la tapa al pomo a mi aversión por el hospital. Siempre encontraba una excusa para no ir, pero me mantenía al tanto de su estado. No sentía celos de él porque realmente encajaba más en el esquema que tenía Marcos para sus amistades, gente culta, soñadora, inteligente, responsable. Yo he sido una excepción en su estrecho círculo de confidentes. Siempre con mal carácter, pero nunca falso o voluble. Y así se lo dije: Los hospitales me deprimen y el maricón me cae mal, por eso prefiero que me hables de ella antes que visitarla.

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