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Así fueron las cosas por un tiempo hasta que me sorprendió una noticia: mi amigo se iba de viaje. Lo lamenté porque ya le había tomado cariño al muy cabrón y él no me había contado que planeaba irse. El despunte lo dio el Niño. Y Lidia también, al fin y al cabo. Resulta que habían vuelto a espaldas de Zuluaga y ella había decidido contárselo cuando tuvo el accidente. Conmocionado, el Niño estuvo tanteando a Marcos al otro día, cuando lo noté ciertamente tocado por el hecho, intentando saber si ya Marcos lo sabía, pero concluyó que Lidia no tuvo tiempo. Estos meses que ella había pasado en coma habían sido muy duros para todos y al final se llenó de valor y le contó a Zuluaga lo que ella no había tenido tiempo de contar. Mi amigo otra vez estaba solo aunque momentos antes su compañía fuera una paciente en coma y fue como si todo el cansancio cayera sobre él de una vez y por todas. Necesitaba alejarse y por eso se iba. Junto a ella estaba ahora quién más la necesitaba y sencillamente, se apartaba del camino humildemente. Le pedí un favor: que me permitiera llevarlo al aeropuerto el día que se fuera. Él aceptó, así al regreso me encargaría de dejar su auto en la sede de prensa del periódico.

Partió el próximo fin de semana. Iba para Colombia, luego a Brasil a ver a unos colegas y de ahí a su país, prometió llamarme por teléfono cuando pudiera. Se veía preocupado. Resulta que cuando se despidió de su amiguito el enfermero tuvieron una conversación muy extraña. Quería casarse y nada más y nada menos que con la chica en coma: Alicia. Ya la etapa de sentir genio había pasado y Zuluaga lo que estaba ahora era preocupado, muy preocupado por Benigno. Si le decía a alguien del personal aquella aberrante idea podría tener graves problemas en el hospital. Yo conducía en silencio pero por dentro de mí llovían las palabras. ¡Coño! ¡Yo te lo dije, que ese tipo era muy extraño! De nada valía ahora estrujarle eso a la cara, al fin y al cabo nuestra amistad funcionaba así. Al desahogarse conmigo estaba reconociendo que mis sospechas tenían algún fundamento o al menos parte de razón. No hacía falta remachar en el hecho. Y resulta que para hacerlo todo más complicado, reconoció que a él también le gustaba Alicia a pesar de lo morboso de la idea, lo que como toda persona normal entendía que era un vegetal. Un lindo vegetal y nada más.

Cuando parecía estar cerca de la pareja que lo haría feliz, esta tiene un accidente y cae en coma. Luego descubre que ella le estaba pegando los tarros, así que las cosas no eran tan perfectas y había sido otra vez víctima del desamor y del engaño a pesar de haber apostado nuevamente al amor. Establece vínculos con un enfermero que como él acompaña a una mujer en estado semejante y ahora, día antes de él partir, le dice que quiere contraer matrimonio con la paciente a su cuidado de la que el mismo Marcos se siente prendado, quizás por asociación de sentimientos, quizás por sentirse no tan desamparado ante la noticia de la traición consumada. Cuando chequeó su pasaporte, me miró tras la línea amarilla infranqueable y con lágrimas en el rostro desapareció tras la puerta de salida al salón de espera. Ayudarlo a alejarse de todo me reportó una triste satisfacción. Era lo mejor que podía pasar.

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