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Del accidente de Lidia y todo lo relacionado con el hospital lo mejor que había sacado fue una relación con una enfermera de la sala, se llamaba Rosa, una cuarentona que se conservaba muy bien. Era parte del equipo que cuidaba a Lidia. Un día llegó muy pálida a mi casa con una noticia me conmocionó: Benigno había violado a Alicia y esta estaba embarazada. Lo habían descubierto por el atraso de la menstruación que ya llevaba tres meses de ausencia, al hacerle los chequeos se descubrió todo. Se había abierto una causa judicial contra Benigno. ¡Qué hijo de puta! ¡Cojones! ¡Se lo dije mil veces a Zuluaga y no me hizo caso, que ese tipo era muy extraño! Me encabroné de verdad. Al final tuve que contenerme, Rosa estaba consternada pero había sido compañera de trabajo de Benigno por años. Me alegré que Marcos estuviese lejos, sino se involucraría tratando de ayudarlo en lo posible, se pasaba de comprensivo y tolerante algunas veces. Al mismo tiempo, no me sentía comprometido ni presionado a hacer algo por aquel miserable solamente por ser solidario con Zuluaga. Al menos por ahora me libraba de ello. Agradecí también estar en Cuba y carecer de medios de comunicación. Sin internet, email internacional ni celular Marcos no podía cuestionarme el que no le hubiese dicho lo de Benigno. Lo supo de la peor manera. Antes de irse, en otra muestra de civilización, le había dado al Niño el número de su móvil por si sucedía alguna novedad. A los ocho meses de caer preso Benigno, murió Lidia. Yo estaba en la funeraria cuando entró la llamada de Zuluaga. Preguntó por todos y Rosa le contó lo sucedido con su amigo enfermero. Yo no pude hablar. Todavía no me explico por qué la muerte de Lidia me entristeció tanto y el teléfono me deja siempre muy vacío, me gusta la gente cara a cara. Hice un gesto que Rosa tomó en el aire y me justificó de alguna manera.

De todos modos, Marcos intercedió por Benigno. Es verdad que no tenía a nadie que le echara una mano. Ninguno de sus antiguos compañeros de trabajo del hospital se atrevía siquiera a visitarlo después de lo que hizo. Dos semanas después estaba yo, con un chofer de alquiler, camino al aeropuerto a recoger al amigo que me había alegrado ver partir. Al otro día, a primera hora, después de una noche en que no dormimos de ponernos al día, lo acompañé a visitar a Benigno a la cárcel. Yo te llevo, pero me quedo afuera. Estuve dos horas esperando, no sé si por ser extranjero, fueron condescendientes con Zuluaga y le permitieron un rato más con Benigno. El tipo estaba desesperado, según me contó al salir. Quería saber qué había sucedido con Alicia pues ya habían pasado los 9 meses. Marcos, tú sabes que yo ahorita llevo un año y medio con Rosa, eh? Ella debe saber qué pasó con Alicia, pero yo no me he sentido capaz de hacerle esa pregunta, es algo muy delicado. Al menos yo, no tengo valor para hacerla. No tuve que decir más, conociéndolo como lo conozco, él tampoco era capaz de preguntar. Estábamos metidos hasta el cuello en una situación comprometida. Él por el pobre infeliz y yo por él. Eran sentimientos de compasión que se extrapolaban a través de los lazos de amistad, sin importar ya si eran comprendidos o incomprendidos. Fui con él a casa de Benigno. Como no tenía dónde quedarse, este le había ofrecido su casa, ahora abandonada. Llevaba mucho tiempo cerrada, lo dejé allí y me fui enseguida porque había quedado en llevar a Rosa a su turno de la noche.

Estaba ya en casa, sentado ante el televisor comiendo viendo un juego de pelota cuando sonó el teléfono. Era Zuluaga. Oye ¿estás sentado? Estoy sentado y con la boca llena. Voy a decirte una bomba: Alicia está viva. Marcos, yo siempre te dije que para mí estar en coma era estar medio muerto. No me estás entendiendo, está viva, la vi esta tarde desde el mismo balcón que la veía Benigno. ¿Cómo va a estar viva, compadre? ¿Tú estás seguro que era ella? Absolutamente, vino el padre a recogerla, ella andaba con muletas porque sus músculos aún se están entrenando, acuérdate que llevaba como 5 años en coma. En este punto ya me quedé en silencio, pensando. Ninguno de los dos sabíamos nada de medicina ni de pacientes en coma, pero algo era evidente: el embarazo había sacado a la muchacha del letargo. Iba a preguntarle qué pasaba por su mente, pero inconscientemente mi pregunta cambió, ya dije que estábamos metidos hasta el cuello. Zuluaga… ¿qué coño hacemos ahora?!

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