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No soy muy amante del teatro, no es lo mío, pero el argentino no es bobo y me entró por el lado débil. Convenció primero a Rosa para ir al estreno de esta obra en el cineteatro que queda a dos cuadras del antiguo apartamento de Benigno. En aquella nota póstuma se lo cedió a Zuluaga diciéndole que le dejaba la casa que había preparado para Alicia y para él. Marcos se mudó para allá y no cambió la decoración que estaba comenzada, más bien terminó todo el estudio de diseño que Benigno tenía bastante bien concebido y dejó dibujado en línea de deseo. Lo ayudé con algunas sugerencias a continuar sobre la misma idea interrumpida. Así que para no matar el entusiasmo de Rosa accedí y estoy en esta luneta de cine, viendo una obra de teatro y sintiéndome realmente confundido. La vida es una ruleta rusa que de golpe nos suelta un disparo, a veces cruel, a veces dulce y otras ni se sabe que es lo que se nos viene encima.

En el entreacto fui al baño. Cuando salí iba a admitirle a Zuluaga que no me aburría tanto el teatro como yo pensaba pero Rosa me esperaba afuera y me cortó el paso. Le iba a replicar qué rayos le pasaba pero seguí con la vista hacia el lobby de entrada y descubrí a Zuluaga en una butaca y en otra enfrente nada más y nada menos que a Alicia Roncero. Ella sonreía. Me quedé paralizado. Por momentos perdí la conexión con el hecho de que todos la conocíamos a ella y ella no sabía quién era nadie de nosotros. Una señora que alguna vez vi en el hospital interrumpió nerviosa la conversación que tenían y se llevó adentro a Alicia. Él se fue tras ella pero al entrar en la platea, la señora lo abordó y hablaron algo, muy brevemente. Rosa me dijo que esa era la profesora de baile de Alicia que la quería como si fuera su hija y la visitaba mucho cuando estaba en coma. Ahora la ayudaba a reponerse física y psicológicamente.

Zuluaga estaba dos filas delante de Alicia Roncero. Me le senté al lado rápidamente. ¿Qué te dijo? ¿Qué hablaron? Nada, no hablamos nada. Argentino, deja el cuento que la vi sonriéndote, no te hagas. Ella me preguntó si estaba bien porque cuando la vi sentarse cerca me impresionó. Yo le di las gracias, nada más. ¿Y qué quería la vieja? Saber si le había revelado algo de lo sucedido. ¡Ah ya! Sé que no le dijiste nada, tú no eres tan imbécil. Hay una sonrisa sutil en los labios de amigo que se niega a borrarse y un brillo inusual en sus ojos. La obra sigue en su segunda parte. Marcos se vuelve a Alicia. La mira, ella le sonríe, él le corresponde y vuelve a ocupar la posición normal. Se ve feliz, ella también. Lo miro a él, la miro a ella. El destino es un hijo de puta y los caminos a la felicidad son a veces demasiado torcidos. Estoy asombrado, sorprendido. ¡Los veo y no sé qué decir! Y siento yo también un extraño regocijo que tampoco sé explicar.

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