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Joaquín enrumbó su barca hacia la costa con el fresco amanecer después de una buena noche de pesca. Se iba al mar básicamente por placer. Lo hechizaba la calma, la luz de su fanal abrillantando las oscuras aguas, la soledad que se disfruta en el eterno balanceo de las olas. Aunque ya tenía 60 años no sentía miedo en lo lejano. Iba siempre acompañado de su perro al que llamaba por el color de su pelo: Negro. Y negro era él mismo, pero liberto. Hijo de esclava pero nacido libre pues su madre obtuvo esa condición trabajando para el ama del ingenio La Adorada aunque decidió quedarse allí y seguir trabajando como doméstica hasta el final de sus días. Él, adolescente, quiso salir de la hacienda y hacerse una casita sobre pilotes en la caleta que estaba cerca del embarcadero del pueblo. Allí se asentaban algunos pescadores y pequeños comerciantes dueños de rudimentarios almacenes que gritaban a voces el secreto del comercio de contrabando con las goletas francesas e inglesas, comercio que hacía florecer la villa que estaba quince leguas tierra adentro.

Tomó la boca del río y se adentró en su curso al sortear las corrientes de la desembocadura. Al pasar el primer gran recodo avistó los muelles del embarcadero y su casita, un tanto aislada de las demás. Su intención era continuar hasta la fonda para rellenar su garrafa de aguardiente pero Negro gruñó y se puso en guardia al pasar frente a la vivienda que iba quedando atrás. Sin pensarlo dos veces, Joaquín desvió la barca con un ajuste de sogas y un giro preciso de la vela, aseguró la embarcación y se trepó al portalito trasero que le servía para acceder directamente desde el río. No le gustaba el comportamiento de su perro que seguía enseñando los dientes, amenazante. Algo pasaba en el interior, un extraño dentro de ella, quizás. Sabía de comentarios de bandolerismo en la zona y que algunos corsarios franceses se pasaban de atrevidos y parte de su tripulación a veces pretendía sacar más del comercio ilegal desvalijando alguna pobre posesión.

El viejo desenvainó su filoso cuchillo, algo más largo que el tradicionalmente usaban los pescadores y por unos instantes se quedó inmóvil, esperando percibir algún movimiento, pero nada se sentía detrás de las ventanas y la puerta. Pateó la madera e irrumpió en su íntimo territorio. Lo que vio detuvo su impulso con la misma violencia con que este había venido: desde la media luna de su hamaca un bebé de piel blanca y profundos ojos azules lo miró sin asustarse, levantando sus manitas y agarrándose al vacío.

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Continuación:

Tejiendo en la distancia – 2. Amalia Arrieta desde Diario de una hedonista

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