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Brígida Zaldívar
Cisneros Betancourt

Era casi medianoche. Las dos sombras se desplazan con sutileza por la acera. Eran dos mulatos adolescentes que de día vendían carbón en ese barrio con una carretica tirada por un burro renqueante. Conocían perfectamente el entorno y a todos los vecinos. Pero si de día sus gritos de pregón llegaban a todos los rincones, ahora se movían descalzos y como gatos, tratando de hacer el menor ruido. Llevaban una bolsa pequeña entre las manos. Al llegar a la esquina, se asomaron con cautela. La casona ocupaba la mitad de la manzana. Normalmente, había una posta fija en cada esquina, una al frente, otra al fondo y otra en la calle que cubría el costado. Una pareja hacía rondas continuas. Encima de tan estricta vigilancia, las puertas y ventanas estaban clausuradas con gruesos maderos y clavos pasados salvajemente. Apenas alguna luz de velas vacilantes se colaba por algún resquicio y delataba que los de adentro aún vivían. Ellos estaban dos esquinas más allá y pretendían, como en noches anteriores, llegar a la parte opuesta de la manzana y subir por las rejas al tejado. Luego de ahí, llegar al patio interior de la casona y lanzar al patio la bolsa con el cuero lleno de leche. La última vez había sido ocho días atrás porque los españoles habían colocado además dos soldados en la zona y con eso cerraban el acceso completamente. Pero cada madrugada los dos muchachos recorrían agazapados las calles de la ciudad de Las Tunas, evadiendo a las guardias y violando el toque de queda con la esperanza de que las postas añadidas posteriormente fuesen removidas y se abriera nuevamente la oportunidad de abastecer con un mínimo de alimentos a quienes habían sido condenados a morir de hambre.

Dime, Manué… etán o no?
No, no lo veo. Parece que no etán, pero tenemo que tené cuidao, no vaya a sé que haigan puesto uno a mitá de la cuadra y eso no lo vamo a sabé hasta etar casi encimita del, al llegá a la equina. Ademá, hay que velá al que etá má pa’lante, frente a la pueta principá.
Te dije que hoy había luna llena, que no é la mejó noche pa’ eto.
Pero hace ya jocho día desde que nos trepamo y le tiramo’ la última leche y el niño Saú e’taba muy malito, y ya a Doña Brígida se le murió María de la Trinidá. Tenemo’ que jugarno el pellejo, Pedrito. Su marío fue siempre muy bueno con nosotro… ¿o tú ya no te acuerda aquella vé que el epañol aquel quería botarno el carbón y Don Vicente se metió y le dio par de gaznatones? ¡Y el quinto etaba armáo y tó!
Claro que me acuerdo… dipué nos metió pa la casa y nos dio comía. ¿Y será verdá que Don Vicente ahora es un alzao bandolero?
Chico… verdá que tú ere bruto!… Don Vicente es generá de los mambise.
¿Y por eso el coroné Loro trancó a su mujé?
Yo no sé si por eso, pero yo voy a tratá de ayudá mientra pueda, si te da mieo la lú de la luna, te queda, pero yo voy.
¡ A mí ná me da mieo!
¡Entonces, dale, guapéa!

Se arrastraron como pudieron hasta el fondo de la casa. No había nadie. Por algún milagro, esta vez, como hace más de una semana, no estaban custodiando esa zona. Se acercaron al muro y se ayudaron mutuamente para colgarse de la reja y treparon por el hierro, silenciosamente, para no hacer caer las primeras tejas que asomaban sobre el entablado. Fueron ganando distancia con cuidado y acercándose por los techos a la vivienda asediada. De pronto, se agacharon al mismo tiempo ante una sorpresa inesperada: había un guardia en los techos.

¡Por eso é que no había nadie detrá hoy! ¿Qué hacemo ahora?

Corría el año 1869. En Cuba se iniciaban las luchas por la independencia y el Mayor General Vicente García González; el León de Santa Rita, había sido uno de los primeros en unirse a los conspiradores y alzarse bajo el grito de Independencia o Muerte que lanzara el 10 de octubre de 1868 Carlos Manuel de Céspedes, el Padre de la Patria. Sus acciones militares mantenían en jaque los trasiegos de suministros de las tropas españolas y sus largos asedios y batallas desgastaban al ejército colonial en la recién estrenada contienda. Con el objetivo de doblegar su espíritu, el nuevo jefe militar de la provincia de Oriente, coronel Eugenio Loño, decidió encerrar a su esposa, hijos y suegra en su casa y cortar toda posibilidad de intercambio con el exterior a cambio de que esta escribiera una carta al jefe mambí pidiéndole su rendición. En el forzado enclaustramiento ya había muerto María de la Trinidad que contaba solo con cuatro meses de vida y aunque Brígida Zaldívar la sostuvo inerte en sus brazos por varios días, no cedió a la solicitud del oficial colonial. Hacía más de una semana que los muchachos, jugándose la vida, habían logrado pasar por el tejado un poco de leche. Luego, el inesperado reforzamiento de la guardia había impedido seguir con el mismo proceder hasta esta noche, en que no encontraron a nadie vigilando la parte calle trasera y lograron subir, pero todo para encontrarse un soldado en los techos de la casa de los García. Era imposible burlarlo. No querían regresar atrás pues hacía mucho tiempo que no lograban pasar nada de comida y al mismo tiempo enfrentarlo suponía poner en alerta a la guardia que se reforzaría irremediablemente y les impediría una nueva aventura semejante. Si se marchaban, quizás hubiese otra oportunidad, quizás no. La última vez supieron que Saúl, el otro hijo del Mayor General, estaba muy débil. Si desistían y no recibía este suministro, podría morir hasta que hubiese una nueva posibilidad. Era difícil elegir. Se trataba de dos adolescentes, casi niños, y una guardia de soldados de la colonia que intentaban burlar sin otros recursos que su valentía.

Vamo a darle un biandazo y que sea lo que dió quiera. ¿te atreve?
Te dije que a mí ná me da mieo, pero… ¿con qué lo sonamo?

Manuel deslizó suavemente una teja. El barro hizo un deslizante sonido campanil. Como Pedrito era un poco mayor, sería el encargado de golpear mientras su compañero sería el cebo inesperado en aquella cubierta. Así lo hicieron, cuando el soldado advirtió la presencia de uno donde menos se imaginaba podría aparecer alguien, el otro le soltó un golpetazo que lo hizo caer sin sentido. Lo sostuvieron como pudieron tratando de que el ruido fuese el menor posible y esperaron alguna voz de alarma que no vino. Había dado resultado. Se acercaron luego al borde del patio, pero no vieron a nadie en la casa. Algunas pálidas luces brillaban en el interior, pero no podían gritar llamando a alguien, así que lanzaron el cuero con la leche a las losas del pasillo y se dispusieron a la retirada. Ya uno estaba en la calle cuando el otro regresó:

¡Oye, negro, a dónde tú va! ¡Dale, baja ya!

Pasaron unos minutos que parecieron horas hasta que apareció la cabeza de Pedrito sobre el alero, había vuelto hasta la casona y regresaba con el máuser y el revólver del inconsciente.

¡Yo no sé si salvamo o no a Saú, pero eta ecopeta se pasa pal otro bando! – le dijo mientras bajaba por la reja.

La luna llena apenas podía dibujar el contorno de aquellos dos pequeños espíritus nocturnos que ahora con más precaución se alejaban a su barraca en las afueras después de haber burlado la voluntad de la metrópoli. Al amanecer, una carreta repleta de sacos de carbón tomaba camino hacia territorio del Ejército Libertador llevando entre fardos un fusil de repetición y unos cien tiros.

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Mayor General
Vicente García González

Brígida Zaldívar era de origen camagüeyano, nacida en una familia de holgada posición económica. Su madre era prima de Salvador Cisneros Betancourt, marqués de Santa Lucía. Con 17 años se casa con Vicente García González, hijo de prósperos hacendados tuneros que visitaba frecuentemente Puerto Príncipe por cuestiones de negocios.

En fecha tan temprana como 1856 se enrola con su esposo en una intentona conspiradora que fracasa pero que sirvió de referente en el territorio tunero para el alzamiento del 10 de octubre de 1868. Ya iniciada la guerra y con su esposo en el monte con los grados de Mayor General, el coronel español Eugenio Loño pretende doblegarlo enclaustrando a su suegra, hijos y esposa y conminando a esta a que le haga una carta pidiéndole la dimisión. Ella jamás cedió a pesar que dos de sus hijos mueren por el cerco: María de la Trinidad, con sólo 4 meses y después Saúl. La repulsa pública hizo que el encierro terminara sin lograr sus propósitos. Luego se sumó con su familia a las tropas del Ejército Libertador.

Vicente García muere asesinado por un espía español en Río Chico, Venezuela, en el período entre guerras, exactamente en 1886. Estaba allí con su esposa y sus hijos más pequeños. Al iniciarse la gesta de 1895 organizada por José Martí, Brígida regresa a Cuba y permanece en la manigua hasta 1898. En 1907 trajo para Las Tunas los restos del Mayor General.

Por supuesto, los adolescentes de mi historia son ficticios. Se dice que algunos vecinos sobornaban a las postas para pasar botellas de leche por el techo los días que duró el cerco, me inspiré en eso para hacer la historia. Tampoco sé si la casa de Vicente y Brígida en Las Tunas está en la esquina de una manzana, he visto fotos de la casa natal del jefe mambí pero desconozco si fue esa precisamente donde fue encerrada su esposa e hijos. Los demás datos de fechas y nombres sí son los que pude encontrar.

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