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La semana pasada tuve que hacer una visita a un lugar al que casi nadie quiere ir: el dentista. Fui a una clínica cerca de la casa y me tocó el mismo sillón donde hace un tiempo me hicieron una operación de cordal o muela del juicio. Hice una asociación entre cómo a veces la situación económica ha definido en Cuba varios momentos de la vida de los cubanos de modos diferentes.

Fui al dentista por primera vez porque tenía un gran problema: mis dientes superiores estaban muy fuera de lugar debido a mi mala costumbre de chuparme el dedo. Mi papá había ido como soldado a la República de Angola en 1975 y yo lo extrañaba mucho y lloraba inconteniblemente. Un día mi abuela materna no podía aguantar más mi berrinche, cogió el dedo, me lo embarró en miel, y me lo metió en la boca. Chup! Ese fue el comienzo de una larga tendencia que me costó mucho trabajo quitarme y que dejé además por propia voluntad. Como viejo que fuma y dice ¡hasta aquí! así hice yo de niño con mi dedo, pero ya el mal estaba hecho y bien hecho. Mis dientes eran un verdadero desastre.

En los años 80, cuando estaba en la escuela primaria, se usaba mucho un enjuague bucal con flúor. Llegaban las estomatólogas a la escuela y en un vasito plástico te echaban aquel enjuague que debías mantener en la boca por uno o dos minutos. Algunos intentaban botarlo, a otros les daba fatiga. A mí no me molestaba tanto, no era agradable pero no era de los que hacía espectáculo, más bien estaba entre los que competía por aguantarlo más. Mi primaria quedaba a tres cuadras de una clínica dental para infantes y las visitas del enjuague, como le decíamos, eran muy frecuentes. Allí me llevaron mis padres para atenderme mis desorganizados dientes. De allá a acá han cambiado también criterios en el mundo de la estomatología, uno de ellos es que ahora se esfuerzan en preservarte las piezas, en aquella época no era así y lo primero que me mandaron fue la extracción de una muela permanente para poder hacer espacio para los demás. Así que mi entrada al dentista fue por la puerta estrecha. Al cabo de unos días, regresé para mi primera consulta de ortodoncia.

¿Recuerdan que les dije que la situación económica ha regido y caracterizado la vida cubana en todas las épocas? En aquellos años no había tanta escasez, había excelentes relaciones con el campo socialista y había relativa bonanza. No se escatimaba en nada, y entre ello estaba el material odontológico y la esterilización. Como dije antes, la clínica era para infantes, pero los padres no entraban al área de los sillones. Cuando me tocó mi primera visita, ya con la muela de menos, entré solito al salón. Me dijeron que fuera al último de los tres sillones y allí me senté. Vino entonces la que sería mi doctora por casi 4 años: Mariela. Nunca se me ha olvidado su nombre. Una mujer joven, bonita, muy agradable. Aparte de descubrir que tenía muchos problemas en los dientes me ayudó a reafirmar mi heterosexualidad. Indudablemente, a mí me gustaban las mujeres. Pero bueno, el chiste de aquella primera vez con mi doctora Mariela no fue eso, sino un detalle que tuvo que ver con el equipo y material y las posibilidades de esterilización que eran plenas. Ya sentado, ella acercó ese brazo que parece una bandeja y el dijo a la asistente que colocara allí el material esterilizado. ¿Y qué pasó? Bueno, que en aquella época cuando se pedía que montaran una bandeja, se montaba con todo. Literalmente: con todo. Se fuera o no a usar, era ese el método, luego se recogía y se llevaba para esterilización. Era un modo de ahorrar trabajo al especialista.

Pues estoy yo allí sentado y viene la asistente y saca de una bandeja metálica que parecía una fuente de ensaladas un paño verde y dentro de él abre un papel acartuchado envuelto como un rodillo. ¡Y para qué contar! ¡Habían allí pinzas, jeringuillas, martillos, agujas, rastrillos, tornillos, muelles y palancas de todos los colores y tamaños! ¡Qué susto! ¡Yo pensaba que mi linda dentista que acababa de conocer iba a utilizar TODO aquello! Nunca se me ha olvidado esa impresión, me dieron ganas de mandarme a correr. Al final, utilizó algunas cositas y ya. Me hicieron una impresión y me dieron un turno para el siguiente mes. Luego, fui mes tras mes. Pasé por varios tratamientos y varios tipos de aparaticos dentales y si hoy tengo una sonrisa decente, es por su trabajo y dedicación. Fue raro el turno en que ella faltara, siempre estaba e incluso me citaba para otras clínicas que tenían un equipamiento que en aquella no había. Siempre la bandeja la ponían que parecía un stock de mecánica, pero ya me había acostumbrado. Incluso al poco tiempo iba solo a la consulta pues se trataba de ver la evolución y perfeccionar al aparato a las nuevas circunstancias.

Hace poco tiempo, ya adulto, me pasó otra cosa parecida pero al revés. Fui a hacerme una limpieza y la estomatóloga me pregunta por las muelas del juicio de abajo porque me ve los dientes algo presionados. Las de arriba estaban bien, salieron en posición. Como dije antes, la política ha cambiado en el mundo de la estomatología y ahora se preservan las piezas, si mis cordales superiores están bien y tienen espacio – ¡no van a tener si me sacaron una muela permanente cuando era niño! ¿recuerdan?- ahí se quedan. Pero los de abajo no estaban y me mandó unas plaquitas. El resultado fue el siguiente: una muelita del juicio en la parte inferior izquierda y nada, absolutamente nada, en la derecha. Me recomendó operar la que existía pues parecía estaba comprimiendo a los demás.

Siempre he escuchado historias de horror y misterio al respecto, pero bueno, fui a mi consulta y esperé y esperé. Resulta que el médico, un muchacho joven, había visto la placa y como era una muelita en formación, pequeñita ella, la dejó para el final y fue sacando los casos más complicados. Son otras épocas, recuerden eso. No hay tanto material para estomatología y el equipo de esterilización estaba roto, el material era lavado y empaquetado y llevado en la tarde a otra clínica. Lo traían al empezar la jornada siguiente. Me llegó el turno, vino el doctor, cuchilla en mano, picó y… ¡sorpresa! No era una muelita simplona, era una muelita engañosa. Se trataba de un cordal con todas las de la ley que venía en mala posición y en la placa parecía otra cosa. Pues allí estaba yo, con la herida abierta y el médico casi sin equipamiento pues había gastado todas sus balas en casos supuestamente más complejos. Aquella operación le costó 55 minutos de trabajo, tengo que reconocer que fue todo un artista, pues a diferencia de mi estomatóloga de la infancia, no disponía de equipos para ejecutarla correctamente. No me dolió mucho, solamente sentí el agotamiento de tanto tiempo de operación en la boca y una manipulación con las herramientas digamos no ideales. La recuperación fue muy buena y rápida.

Como les decía, la semana pasada tuve que ir nuevamente y me sentaron en el mismo sillón de esta operación. No tenía turno ni nada grave, es que nuestra dentista amiga quería hacerme una limpieza antes de irse de colaboración por dos años, coincidentemente al lugar donde alguien se fue y empezó mi historia de dientes desubicados: Angola.

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