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Entreabrió la ventana. La calle polvorienta estaba desierta. Al parecer, nadie lo había visto entrar como una tromba a su casa. Volvió al interior, acercó un taburete y se puso a meditar. Había decidido vivir un poco apartado del resto de las viviendas del embarcadero. Aquel que trajo al niño debe haberlo dejado allí precisamente por eso y tiene que haber sido en la madrugada, mientras él pescaba en alta mar…

Próxima entrega: viernes 30 de marzo

Tejiendo en la distancia – 3. Una apuesta arriesgada

Previamente:

Tejiendo en la distancia – 1. El encuentro
Tejiendo en la distancia – 2. Amalia Arrieta desde Diario de una hedonista

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