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No quiero más amores en la distancia. Me niego a ello. Quiero extender la mano cuando lo necesite por motivos de amor o de rabia –o la misteriosa mezcla de ambos- y tocar una piel que tenga dentro cosas que decirme ahora. Sobre todo eso: ahora.

Que ahora me enfrenten o me abracen; que lo mismo pueda sentir de pronto una bofetada, un grito, un beso, un arañazo, una contracción, un palpitar. Quiero sobre mí la sombra imperfecta de la bestia femenina.

Que no queden para un día determinado los regalos, ni las citas, ni el sexo porque en horas no estarás o no estaré. No mirar intensamente para recordar después, sino hacerlo sabiendo que también mañana y pasado y quizás –nadie sabe- el domingo que viene podré llenarme otra vez con un pedacito de eternidad prestada y oculta en la que no quiero volver a creer aunque lo haga. Es eso o nada. Prefiero la soledad completa y cruda escupiéndome la cara a una disfrazada de bufón oportunista y criminal.

¡Que no haya más un mañana prometido, angelito mariconeado con flechitas!

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