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* (Título apto para cubanos mayores de 30)

Pasé mi preuniversitario becado. Para los que no son de acá, las becas fueron –porque ya están eliminadas casi todas- un tipo de enseñanza que se proponía vincular el concepto martiano de estudio y trabajo en escuelas que quedaban alejadas de las ciudades. Surgieron en las décadas en que la vida en Cuba era económicamente más llevadera y tenían todas las condiciones para enfrentar un gran número de adolescentes convirtiéndose en jóvenes en sus aulas y albergues. Los muchachos eran trasladados en transporte que también ponía el Estado y los pases eran los fines de semana. Fueron muy criticadas siempre por el hecho de alejarlos de la familia en esa edad tan decisiva de la vida, entre los 17 y 20 años más menos. La escuela y sus docentes tenían un papel preponderante en la formación de los estudiantes al tratarse de centros internos. En base a mi experiencia, comparto esa preocupación pero no creo que haya sido algo tan dramático. Muchos cubanos pasaron por becas y son excelentes personas hoy, sin ningún tipo de trauma. En mi caso, si volviera atrás, volvería a becarme sin duda alguna, quizás porque ya sé –o creo saber- que mis traumas no son producto de la beca.

Aprendí muchas cosas lejos de mi familia y estaba en una escuela en que la enseñanza era muy rígida y se velaba fuertemente la disciplina sin llegar a ser deformante, sino todo lo contrario. Pasarla bien en una beca dependía mucho de tu modo de interactuar con los demás y aquellos más complicados terminaban al fin moldeándose para bien a favor de los otros. La crisis económica de los 90, que estremeció para siempre nuestra sociedad, hizo tambalear este proyecto educativo cubano que perdió su capacidad formativa ante la precariedad que lo hacía insostenible material y humanamente.

Yo la pasé en un preuniversitario de los llamados de Ciencias Exactas en una zona agrícola cercana a Santa Clara llamada el Yabú. Era uno de los dos IPVCE que había en Santa Clara, el otro era la Vocacional Che Guevara que era seis veces más grande. Por recortes y decisiones, mi año fue el último grado 12 de la Jesús Menéndez, luego de eso desapareció. Corría el curso 1991-1992. Ya la crisis era evidente y la habíamos visto evolucionar en nuestro comedor y nuestro merendero. Pasábamos hambre y nuestros padres tampoco podían ayudarnos mucho, la comida realmente estaba perdida en todos lados.

Nuestra escuela estaba rodeada por plantaciones de plátano donde predominaba el llamado burro. Este tipo de vianda se utiliza para sembrar los surcos exteriores de un campo de plátanos de mejor calidad para hacer una barrera rompevientos y para desalentar a los ladrones. Es bueno para hacer tachinos o tostones, aunque en el oriente de Cuba donde hay mucha más cultura tradicional en el consumo es una variedad poco demandada. Los sembrados que rodeaban mi escuela eran exclusivamente de este tipo de plátano y empezamos a explotarlas como alternativa alimenticia. Lo que hacíamos era ir hacia la zona deportiva porque el cercado tenía un hueco en la parte que rodeaba la pista de atletismo y nos servía para salir y entrar sin ser vistos. Estar fuera de la escuela sin permiso de los profesores estaba prohibido pero cuando entrábamos en un área de cultivo ya pasábamos desapercibidos. Acto siguiente, nos colocábamos en un surco dejando dos o tres de por medio con el otro compañero. Siempre íbamos 4 ó 5 así que podíamos barrer un área de alrededor de 15 surcos más menos hasta donde alcanzara la vista a cada lado y empezábamos a caminar al mismo tiempo, estilo operación comando. La cosa era ir mirando hacia arriba buscando un racimo maduro, pues este plátano cuando madura se puede comer sin cocinar y sin llegar a ser de la calidad de un manzano, no era nada despreciable para combatir el hambre de un becado. Varias cosas nos pasaron en esas búsquedas, algunas nos hicieron reír, otras no tanto. Solo tuvimos un problema serio cuando uno de nosotros mató sin intención una gallina de un campesino y vinieron a dar las quejas a la escuela.

Ese día habíamos salido todos los varones de mi año a cazar plátanos burro y nos habíamos dividido en dos bandos. Yo estaba del lado que regresó son contratiempos. Al llegar, nos enteramos en el albergue que un campesino había venido a pedir cuentas porque uno de nosotros había matado una de sus gallinas. Nos reunimos en el albergue para saber si era cierto lo que él decía. El guajiro estaba en el parqueo de la escuela, machete en mano, esperando al culpable. Resulta que había sido uno de los mejores estudiantes de mi año, uno de los más disciplinados y aplicados, un buen muchacho al que todos apreciábamos y él dijo que si el guajiro estaba allá abajo, él iría a asumir su responsabilidad. Como nuestra escuela era pequeña, alguien lo vería hablar con él y seguro el chisme llegaría a un profesor y podrían sancionarlo, seguramente con severidad. Ese día habíamos salido algunos con ropa de campo y otros con uniforme –la razón no la recuerdo- y el dueño del animal lo único que afirmaba era que había visto a uno de uniforme azul que había matado una gallina suya de un puntapié. Los que estábamos vestidos de ropa de campo, nos pusimos el uniforme y bajamos todos. Como recuerdo que estábamos todos los varones de mi grupo de 12mo grado, puedo afirmar que bajamos diez al parqueo, en grupo. La intención era doble: no abandonar a nuestro amigo en un mal momento y que nadie pudiera saber quién había sido. Al final, el guajiro habló con nosotros un ratico, “nos” perdonó e hicimos nuestra pequeña fuenteovejunada ante las preguntas del profesorado:

– ¿Quién mató al gallinón?
– Uno de grado 12, señor.

En otra ocasión pasó algo simpático. Generalmente los sembrados estaban limpios de malas hierbas, pero este no era así. Era más bien un campo de matas jóvenes que estaba perdido en la maleza. Quedaba muy cerca de la escuela.

El orden de tamaño era el siguiente:

1. maleza (muy saludable): entre 2.50 y 3.00 metros de altura

2. chamas de grado 12 (hambrientos): entre 1.50 y 1.70, excepto Osmel que medía como 1.80

3. matas de plátano burro (enclenques): alrededor de 1.00 metro.

Normalmente en nuestras operaciones de búsqueda y captura vegetal nos veíamos uno al otro, aquí no fue así. El objetivo de vernos no era otro que caminar al mismo ritmo y que cuando alguien diera la voz de alarma se corriera del primero al último. Les recuerdo que teníamos un hambre que partía el alma, así que encontrar un racimo maduro era una explosión de júbilo a gritos, brincos y batimiento de brazos en el aire que respondía a dos etapas de regocijo.

Etapa externa: ¡Aquí hay! ¡Aquí hay! ¡Encontré uno!
Etapa interna: ¡Y lo encontré yo, cojones!

Pero en medio de nuestra pequeña selva tropical aquella vez nos fuimos perdiendo y unos se fueron adelantando y Osmel atrasando. Aparte de muy alto, tenía un temperamento completamente diferente al resto: era muy tranquilo, muy impasible. Y poco a poco, fue quedándose atrás. Iba, además, por el carril del centro si lo comparamos con una pista de atletismo. De pronto sentimos su voz unos 25 metros más atrás:

– Ey… Plátanoooooos. Están maduroooooooos.

Osmel nos anunciaba un descubrimiento. Intentaré que se acerquen al tono. Fíjense que lo escribí sin signos de exclamación. Ahora ubíquense en una escala musical: doooo, reeee, miiiii… Bien, con ese tono de dooooo, digan plátanooooos, lo más plano posible, lo más conversacional posible. Así lo escuchamos. Nadie se movió. Pensamos que era mentira e ir hacia atrás por nada en medio de la maleza no era algo gracioso. La exquisita calidad del campo contribuía a nuestra incredulidad pues las esperanzas de encontrar algo allí eran bien bajas. El llamado se repitió, de la misma manera.

– Ey… Plátanoooooos. Están maduroooooooos.

Seguimos sin movernos. Estábamos convencidos que era una broma de mal gusto de Osmel. Él se dio cuenta que nadie acudía y por qué. En el mismo tono dijo una frase que nos convenció inmediatamente:

– Ey… Plátanooooos. Me los estoy comiendooooooo.

Y lo más gracioso fue que al acercarnos estaba parado frente a una mata que no levantaba una cuarta del piso y que tenía un mísero racimito maduro y ni siquiera se había tomado la molestia de arrancarlo, sino que estaba tomando platanito a platanito mientras decía entre uno y otro:

– Ey… Me los estoy comiendooooooo.

En este punto le fuimos arriba como fieras a lo que quedaba. Esta manera de nuestro compañero de anunciar su hallazgo de comida quedó para la historia y después, cada vez que salíamos, había uno que lo imitaba en medio del platanal:

– Ey… Plátanooooos.

A mi sobrina le hice el cuento y se rió muchísimo y ahora en casa entre ella y yo cuando hay platanitos, usamos ese mismo parlamento:

– Ey… Me los estoy comiendooooooo.

Hay momentos en la vida que son intrascendentes aparentemente y sin embargo luego más nunca olvidamos pues tienen todos los elementos que lo hicieron parte de una etapa singular.

Cuando encontrábamos un racimo, generalmente estaba alto, muy alto. No teníamos ninguna herramienta a mano: ni cuchillo ni machete. Literalmente, nos fajábamos con la mata hasta tumbarla y a veces costaba bastante lograrlo. No podíamos regresar a la escuela con plátanos en la mano, así que se trataba de tumbar y devorar lo que más se pudiera. Un día encontramos un racimo muy bueno detrás de la pista de atletismo, no nos costó mucho trabajo hallarlo ni llevarlo al piso. Estábamos todos vestidos con nuestro uniforme azul y nos sentamos alrededor del racimo, en círculo. Y cuál náufragos que no tienen nada y están famélicos pero comparten lo hallado, fuimos cogiendo los plátanos, de uno en uno, como devorando un cadáver. Eso fue un mediodía, habíamos acabado de almorzar y teníamos clases por la tarde, pero el almuerzo estaba ya tan malo que salíamos casi directo del comedor para el monte. Regresamos al aula a tiempo, satisfechos. Me comí ocho plátanos ese día que pensé sería trivial, sin embargo cuando recuerdo mi preuniversitario y nuestra necesaria aventura de cacería, el momento que recuerdo como más pleno fue ese en que aparentemente no pasó nada y solo estuvimos sentados alrededor, sin hablar, matando el hambre.

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