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some people say my love cannot be true / please believe, my love, and I’ll show you
N.I.B – Black Sabbath

Arezzo. Toscana italiana. 1031

Un monje camina por los pasillos del vetusto edificio que sirve de especie de academia musical. Tiene 40 años y alcanzar esa edad en el Medioevo es vivir demasiado. Le duele una de sus piernas y siente la vista agotada al pasarla sobre los pentagramas escritos en curados pergaminos. Es un hombre con notables aportes al arte de todos los tiempos que se ha sacrificado en la enseñanza a hermanos de fe, poniendo en ello todo su talento y dedicación. El día anterior enseñaba a un estudiante de cítara un extraño acorde fruto de su trabajo y fue sorprendido por el superior que prometió denunciarlo ante un inquisidor por difundir lo prohibido. Pero no sucedió: el abad apareció muerto esta mañana. No fue necesario el diagnóstico de un galeno pues el cadáver yacía boca arriba y su pecho estaba apisonado como si un elefante hubiese puesto sobre él una de sus patas con tal violencia que la sangre, los fluidos y las heces del aplastado se dispararon en todas direcciones. También se decía que el cuerpo había sido profanado. Pocos se atrevieron a ir y mirar pero, de igual manera, el miedo había disparado sus saetas entre los vivos dispersándose en variedad de versiones.

El maestro no deja de pensar en ello. Su quebradero es interrumpido cuando percibe tras de sí unos pasos profundos, como si un insólito caballero con armadura lo siguiera. Se vuelve lentamente, su mirada se pierde en lo desierto del claustro. Solo unas nubecillas de ceniza son arrastradas por la brisa sobre las piedras del suelo en minúsculos e incomprensibles torbellinos. Apresurado, busca la pared del corredor para no caer, vence el último tramo y empuja la puerta de su celda que cierra estruendosamente tras de sí. Se deja caer de rodillas y empieza a rezar en contrición sabiendo que eso no lo salvará si aquel viene a por él. Tiembla aterrorizado y el Cristo de su rosario vibra en el aire. La lumbre de su candil es suficiente para alumbrar el poco espacio pero aunque todo se vea una presencia oscura está allí sin ser presente, lo rodea, lo succiona, lo lame y luego se va, diluyéndose y abandonando la presa a voluntad.

Sintiéndose libre, abre los ojos, pero el terror de la visión lo hace arrastrarse contra el muro, horrorizado. Le han dejado ante sí, como ofrenda, la mano que se atrevió a amenazarlo un día antes.

Afueras de París. 1928

Jean Baptiste, un joven gitano de 18 años regresa a su casa-caravana luego de una buena noche de juerga y ganancia. Tiene todo un futuro por delante. Es un fabuloso intérprete del banjo aunque no sabe leer música, todo su aprendizaje ha sido empírico. Su mujer ya duerme y él se tira entre las flores de artesanía en las que ha trabajado ella todo el día para vender en la plaza recién amanezca. Una neblina inunda el valle, acompañada de un denso silencio. Una mano mueve otra vez los hilos. Un ratón salta del campo a una rueda de la ambulante casa y se cuela por una mínima rendija. El muchacho acerca una vela, intentando atraparlo, la cera cae sobre las flores y se desata un rápido y violento incendio alimentado por el combustible material. Logra hacerse de una manta, envolverse junto a su amante y así salvar milagrosamente la vida. Sus compañeros corren a los suburbios donde conocen a un médico que ha compartido otras veces con ellos y al que le confieren una justificada confianza.

Al pasar los días, las secuelas se hacen evidentes. Sufre terribles quemaduras en su lado izquierdo de la rodilla a la cintura y la mano de marcar los acordes sobre el traste de su banjo está seriamente afectada. Pasa más de un año postrado resistiendo la intención de amputarle su pierna. En sus delirios alguien que le dice ser también un caído y que ahora es rey le promete fama si se niega a la mutilación. Finalmente, su tesón y los cuidados de una diligente enfermera logran salvarlo de la operación pero nada pueden hacer con sus dedos anular y meñique que se contrajeron hacia la palma de la mano debido al calor recibido en sus tendones. Un calor que fue infernal en poco tiempo. Aun así, encuentra con los años el modo de digitalizar con índice y medio convirtiéndose en el primer jazzista natural europeo, dueño de un estilo muy personal de interpretación debido a aquellas llamas que hicieron de él alguien diferente. Es como una pieza única que un diestro alfarero pasó antes por el fuego para después llevarla a un magistral terminado.

Birmingham. Inglaterra. 1965

Una mujer sale de su humilde casa arrendada en el barrio obrero y se lanza entre la multitud que en minutos se tragarán las fábricas. Ella también busca un médico y lo hará aunque le cueste no ir a trabajar esa mañana. Hace dos años murió su hija de fiebre y ahora es el varón el que hierve entre sábanas grises. Tras la puerta que cerró cuando salió a la calle hay un aire viciado por el humo industrial de los suburbios. Su decisión ya ha salvado la vida del muchacho e incluso la propia, pero no lo sabe. Las medicinas surtirán efecto, sean las que sean, pues el caído aparta sus garras del niño y se va a otro lugar. No es necesario matar si las circunstancias no lo ameritan. Ya tiene lo que quiere.

Es así que se escurre por los contenes, remueve el agua de los charcos, corta como cristal algún tobillo en su camino y se escurre por las chimeneas directo hasta la maquinaria. Nadie sabe por qué ella no está en su puesto, solo él conoce que angustiada con la idea de perder su hijo va atravesando la ciudad en sentido contrario. Y hay esta vez aparentes similitudes. Tony tiene 17 años, su sueño es ser un gran guitarrista y precisamente es su último día allí pues quiere emplear todo su tiempo en hacerse un profesional. Pero a su aspiración le falta un simple detalle de acabado que tendrá lugar antes que se vaya para siempre de entre los hierros y las fundiciones. Aquella mujer le daba piezas que él soldaba y que antes ella había metido en una prensa para darles forma. Fue destinado a sustituirla. Toma la primera plancha y la pone bajo el martillo. Baja la palanca y al mismo tiempo siente un batir de alas y un gigante feroz pasa entre sus ojos y sus manos turbándolo el tiempo suficiente para que todo cambie. La sangre brota en un terrible alarido, se lanza al piso intentando contener con su mano izquierda el dolor de su derecha para siempre incompleta. Las primeras falanges de sus dedos medio y anular, los dedos que marcan los acordes sobre el traste de su guitarra, han sido cortados. La bestia se va complacida e indolente.

Birmingham. Algo después

Allí en aquel banco está Tony, destrozado. Sus sueños de ser un gran guitarrista han terminado. Ya pasó el peor dolor físico pero el espiritual lo devora y deprime. Hay alguien con él, alguien a quien nunca ha visto antes. Llegó y se sentó a su lado y casi sin saber por qué Tony le muestra su mano y su agonía. Aquel que no conoce le habla de una noche, casi 40 años atrás, cerca de París y le cuenta de un jovencito con sueños de ser músico, cuya mano que iba sobre el traste de su complicado instrumento se quemó inutilizándole dos dedos, así, como a él le ha sucedido. Y como si hubiese estado muy cerca de aquel chico gitano, le cuenta como con empeño, sufrimiento y trabajo logró sobreponerse y encontrar un camino que jamás hubiese encontrado con los cinco dedos alistados. Luego le dice que quizás también está predestinada su ruta pero para saberlo no puede renunciar ni aún pareciéndole imposible. Luego se levanta y se va sin despedirse. Tony mira sus dispares dedos, luego levanta la vista pero el que dijo algo se desvaneció a media calle entre la multitud que en minutos será tragada por las fábricas.

Birmingham. 1969

La película que se proyecta esta semana debió haber sido ya sustituida, pero el camión que traía los nuevos filmes se fue barranca abajo, así que no queda más remedio que continuarla. El público lo recibe con agrado, pues las colas no se agotan, quieren ver al gran Boris Karloff en escena. Del otro lado de la calle, una banda de rock tiene su mugriento local. Buscan un nombre pues han descubierto que los confunden con otros. En medio de un ensayo, el bajista detiene su vista en la multitud y dice en voz alta lo que pasa por su mente: si tanta gente viene a ver cine de terror deberíamos hacer música que diera miedo. Recuerda un sueño que tuvo, en que un extraño ser de capa negra estaba de pie frente a su cama en la habitación llena de brumas. Él, desde el techo, se veía a sí mismo durmiendo siendo velado por semejante compañía. Inspirado en eso, hace la letra que aún no tiene música ni tiene título, es huérfana de nombre, como la banda. La trae como propuesta días después.

En un rincón Tony Iommi intenta una melodía que lo inspire para acompañar lo escrito. Está ahí más que nada, por puro empeño. Empezó derritiéndose plástico sobre sus dedos accidentados y limando posteriormente el material para lograr unas extensiones. Con su experiencia de metalurgia y empinándose cuesta arriba sobre prueba y error ha llegado a una buena conjunción entre sus falanges de goma y su guitarra, a la que tuvo que bajar la tensión para poder tocarla, empujón que lo ha llevado a una sonoridad más oscura y enigmática que encaja muy bien con las intenciones de interpretación del grupo. Tampoco sabe leer música ni conoce las terminologías, como aquel gitano que le sirvió de referencia para seguir adelante en persistencia y vencidos sufrimientos. Su condición especial define su modo de tocar y el sonido de su instrumento. Encuentra un intro que le gusta, un sonido discordante, violento y abrumador para comenzar la melodía, el baterista se siente energizado y golpea el drums consistentemente. Sin saberlo, solo porque le gusta, Iommy interpreta un sólido y largo tritono, acorde prohibido por la iglesia en la Edad Media y atribuido a Guido de Arezzo. Se identifica como diabolus in música o mi contra fa y se creía que era la puerta de entrada del Diablo a través de la música. Debía ser evitado a toda costa en cualquier composición o interpretación.

Lo que una vez fue el sueño frustrado de un joven guitarrista y sus consecuencias aparentemente trágicas son determinantes en el nacimiento de una banda de culto y un estilo que marcarían para siempre la música en general. Deciden llamarse así mismos y al número que han creado como aquella película que estaba en cartelera pasando la calle: Black Sabbath. Estaban profundamente influenciados por su entorno, por el golpeteo de las máquinas, el hierro sobre el hierro, el vaciado de los moldes, los metales que se calientan y enfrían bruscamente. Mezclaron esas vivencias con la pasión arrolladora del blues, el sonido pesado de su inusual y brillante guitarrista y la brutal voz de Ozzy Osbourne produciendo un resultado que sembraría pautas en las esencias más genuinas del rock: el heavy methal.

Con la satisfacción de haber hallado algo diferente siguen trabajando otros números que sumarían después a su primer disco. Una de las letras que espera música reza:

follow me now and you will not regret / leaving the life you led before we met
you are the first to have this love of mine / forever with me ‘till the end of time…

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