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Autorizado por LTA y su Polito Ibáñez

Espacios relativamente amplios están a ambos lados del edificio que tiene unas tetas en el cielo. Siempre han estado allí, incluso hasta cerrados, en un momento felizmente fugaz, al tránsito peatonal. Pero las calles de cada lado son muy diferentes. Hacia la parte izquierda, está la calle Máximo Gómez y antes de llegar a la acera “oficial” hay que bajar un escalón que es relativamente alto, pero se puede vencer de un tirón. Si alguien se sentara ahí quedaría con los pies apoyados en la acera. Pero del otro lado, en la calle que bordea al edificio por su derecha, el panorama es diferente. Lo primero es que Lorda es una vía peatonal, o sea, el ambiente es más tranquilo, tiene una mejor visual hacia el parque Leoncio Vidal lo que posibilita un mejor vínculo social con este y a diferencia del otro lado la altura entre la acera y el espacio que bordea al teatro es mucho mayor, teniendo incluso áreas escalonadas. Quien se sienta en ese borde, deja sus pies colgando. Quizás este hecho, nuestra citadina nostalgia por el mar y la reunión allí de grupos de jóvenes han hecho que fuese bautizado como El Malecón, en clara referencia al famoso muro habanero, aunque este, sin agua y mucho más pequeñito, tiene sus características bien determinadas.

Este fenómeno de agrupamiento social en este lugar es relativamente reciente, hace años atrás no sucedía. Su población animal está muy asociada al centro cultural El Mejunje, pues la gente sale de allá, sube hacia el parque y se parquea en El Malecón. Como El Mejunje es diverso e inclusivo en su propuesta, la gente que predomina en el muro puede variar en composición según la manada que haya salido de aquel lugar. El teatro La Caridad tiene por sus costados amplias puertas y pasillos laterales enrejados que tienen como función que la platea respire. Hoy las que dan para El Malecón permanecen cerradas porque en ocasiones es demasiada la gente allá afuera y molesta al espectáculo. Pero, como ya conté, esto no sucedía antes y allí no se concentraba nadie.

¡Estoy aquí, Carlitos!

Pues un día de ese antes el cantautor Carlos Varela hizo un concierto en Santa Clara y por lo general cuando viene mueve mucho público, se agotan las localidades y queda mucha gente sin entrar. Pues empieza aquella noche su recital, canta una canción, la termina y de pronto se escucha:

¡Carlitos, estoy aquí Carlitos! ¡Te estoy oyendo Carlitos!

Se trataba de un fanático que se había quedado sin papeleta y desde el muro que sería hoy el Malecón y pegado a las rejas del teatro, le gritaba su presencia. Desde allí no se ve el escenario pero se puede escuchar un concierto perfectamente. Varela continuó su espectáculo y cada vez que terminaba, entre canción y canción volvía el tipo con un tono de confianza pero alto y claro. Su voz retumbaba en el teatro:

¡Carlitos, estoy aquí Carlitos! ¡Estoy aquí! ¡Vine a verte, Carlitos! ¡No conseguí entradas pero aquí estoy, Carlitos!

Se volvió una cosa simpática, porque no molestaba al músico en su interpretación, disciplinadamente esperaba que este terminara y antes que comenzara el siguiente número, volvía a la carga y rompía el silencio momentáneo:

¡Carlitos, te oigo, Carlitos! ¡Estoy aquí, Carlitos! ¡Estoy afuera pero aquí estoy, Carlitos!

Hubo un momento en que ya el público se acostumbró a aquello y en cierto modo la gente empezaba a compadecerse de aquel que en cada intermedio le gritaba su fidelidad al artista desde afuera, siempre de un modo distinto pero siempre sobre la misma idea. Ya la gente esperaba que terminara Varela para ver qué iba a gritar el otro. De pronto, a mitad del concierto, se acaba un número y en el mismo tono personal en que había gritado todo el tiempo en cada espacio vacío, se escuchó del más allá la información:

¡Carlitos…. me voy!

No tengo que decir que entonces la carcajada fue generalizada.

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