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Pasó la noche del 14 de febrero. Decidí no quedarme en casa. No estaba triste sino difícilmente hubiese podido estar en calles llenas de enamorados que atestaban cualquier lugar para comer o tomarse un trago. El amor estaba en el aire, la noche era diferente y caminé hasta el parque y me senté en uno de sus bancos que la soledad hace el triple de largos y me puse a mirar la gente, en su mayoría parejas de todo tipo y color. Me llamó la atención un señor que de primer momento pensé que era un loco más. Llevaba una jaba en la mano y miraba insistentemente a su alrededor. A primera vista no me pareció lógico ese comportamiento y pensé en otro trastornado mental, quizás sus ropas que no eran precisamente vistosas y no encajaban en el entorno y el espíritu nocturno contribuyeron a esa inconsciente deducción. Pero luego detallé otras cosas: estaba bien peinado, sus ropas eran muy humildes ciertamente, pero limpias. Su andar de persona mayor lo hacía en unos tennis cómodos para su edad, tampoco de lujo, pero limpios también. Seguía atento a todos lados, incluso yo fui blanco de su escrutamiento, pero solo una vez.

Una pareja se levantó de su banco y se fue a otra parte. El viejo inquieto se acercó al asiento recién abandonado, se agachó con la lentitud forzada de la edad y tomó una lata vacía de cerveza que ellos habían dejado. Sentí el sonido del aluminio cuando la dejó caer en su jaba. Las juntaba para luego venderlas y así sobrevivir, por eso seguía a todos, atento a quienes bebían para cuando se marcharan ir a por su interés. Se veía cansado, sus pasos eran lentos y cerca de la medianoche seguía aquel anciano entre la gente que se amaba.

También había desamor en el aire.

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