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Manta del Proyecto Memorias
en el Parque Leoncio Vidal

Era homosexual y portador del VIH porque su expareja se había vendido sexualmente para conseguir droga y terminó contagiándolo. Lo había contado públicamente en un encuentro que organizó mi hermana entre los vecinos del barrio y algunos pacientes del sanatorio donde ella trabajaba como psicóloga. Lo acompañaron aquella noche otros que como él habían decidido dedicarse a ser promotores de salud y luchadores contra las barreras que la ignorancia social levanta contra ellos solamente por llevar en sus venas un virus hasta ahora incurable.

Cuando fue diagnosticado comenzó a interesarse en el estudio detallado de la enfermedad para saber cómo enfrentarla. Sabía exactamente qué medicamentos consumir, qué ejercicios hacer y cuál dieta era la adecuada, qué conducta sexual debía llevar en lo adelante para protegerse y proteger a los demás. Todo esto lo hizo muy a título personal, se volvió un estudioso de sí mismo, tanto física como mentalmente. Luego llegó su momento de expansión. Empezó aconsejando a otros pacientes, colaborando con los médicos en charlas y encuentros para convertirse poco a poco en un respetado promotor a nivel provincial y nacional de la concientización hacia una actitud sexual responsable como medio de evitar la propagación del VIH. Como era portador, eso le permitía además ayudar en la rehabilitación a personas recién detectadas. Tenía pues un prestigio ganado entre aquellos que trabajaban vinculados a estos pacientes por el nivel de dominio y conocimientos que tenía y que por supuesto actualizaba y enriquecía constantemente.

Un día llegó a la casa y se sentó en una de las butacas de madera de la sala. Eran unas butacas muy cómodas pero más bien bajitas. Amanda tendría 3 ó 4 años. Ya caminaba pero para subirse a las piernas de alguien había que alzarla pues no podía por sí misma, excepto cuando alguien se sentaba precisamente en una de esas banquetas. Él conversaba conmigo que estaba sentado frente a él en un sofá y con mi hermana que le hacía café en la cocina. De pronto, la niña llegó a sus pies, se agarró a sus pantalones y ayudándose del brazo de la butaca, trepó sobre sus piernas y se le sentó a horcajadas de frente a su rostro. Le costó trabajo subir, pues cualquiera la hubiese ayudado en su empeño, pero él no lo hizo. No la tocó. Separó sus brazos, los sacó hacia afuera de la butaca, uno a cada lado, como crucificado y no dijo una palabra.

Hubo un momento de tensión, yo no supe qué hacer. Ni me pasó por la cabeza impedir que Amanda trepara sobre él, ni tampoco me parecía correcto retirársela ahora que la tenía encima, pero su reacción me desconcertó. Recuerdo que mi hermana pasó por delante de nosotros y siguió conversando con él como si nada, fue al cuarto, busco algo, regresó y no hizo ningún gesto trascendente. La niña le dijo algo, le tocó sus aretes, le pasó la mano por la cara. Él la miraba con ternura pero no abrió la boca, ni se sonrió siquiera, solamente la miraba. Ella se aburrió y del mismo modo que subió, bajó: sin ayuda. Pasado ese momento, recobró la normalidad y siguió conversando. Me asombré por lo mismo que se asombró mi hermana pero yo no gozaba de la confianza suficiente para hacer la pregunta que ella hizo:

– ¿Cómo es posible que tú con el conocimiento que tienes de la enfermedad y sus vías de transmisión, actuaras de esa manera?

Le respondió que es cierto que él sabía mucho de su padecimiento pero que para él los niños eran seres especiales y que con ellos tenía extremo cuidado, que llevaba las medidas de protección incluso más allá de lo que él y la ciencia ya sabían al respecto. Con ellos iba más allá de toda lógica y toda razón.

El día 1ro de diciembre de cada año en Santa Clara se celebra una actividad en el parque Leoncio Vidal, la principal plaza de nuestra ciudad. Ese día promotores de salud, pacientes, personal médico y voluntarios extienden unas mantas que están divididas en ocho secciones. Cada una de ellas corresponde a un paciente cubano que ha fallecido víctima del VIH/SIDA. Tienen cosidas a la tela pertenencias de la persona: fotos, ropa, implementos deportivos,  libros, adornos, prendas… cualquier cosa que sus familiares y amigos hayan decidido colocar allí. Esas mantas vienen dobladas de un modo específico y son abiertas en una especie de ceremonia tributo en que se siguen los mismos pasos hasta que se ponen en el suelo para que la gente pueda acercarse y leer pues además de las cosas adheridas  a la tela hay en todas escritos que han dejado a cada uno los que los amaron, conocieron y admiraron. En ocasiones, como cadenas que advierten más que mil programas de prevención, ves una nota firmada por alguien que tiene su propio espacio dos mantas más allá.

En medio de este espectáculo, que siempre es conmovedor, lo descubrí trabajando, haciendo labor de promotor de salud. Lo vi de lejos, rodeado de gente joven que lo escuchaba. Siendo un portador del VIH con varios años siendo asintomático no estaba con su familia, con sus amigos, de viaje, paseando, bailando, viendo una película… comiéndose un helado. Recuerdo que así lo pensé exactamente: está aquí y no por ahí, comiéndose un helado. Eso fue lo más vanal que se me ocurrió que pudiese estar haciendo, viviendo y sintiendo para sí. A veces es cruel que algo dramático nos haga percatarnos con consciencia de la maravilla de estar vivos y la importancia de apretujar lo querido ante la incertidumbre de nuevas oportunidades pero eso no implica, necesariamente, un acto egoísta. Es más, para que realmente tenga sentido, aunque suene trillado y gastado, nuestra realización y felicidad tiene que pasar por los demás. Yo no estaba tan cerca como aquellos que seguían sus palabras, pero aquel día también aprendí algo de él.

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