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Le habían advertido que se mantuviera lejos de aquel borde donde algunos suicidas desaparecieron antes, pero ella siempre quiso saber. Se trataba más bien de un reto personal, una incompleta prueba de autoconocimiento. ¿Hasta qué punto tendría el valor de aproximarse?

Un atardecer logró escaparse de las miradas de otros y poco a poco fue avanzando hacia el límite. El viento se estiró en silbidos pero por encima de ellos se oía el tronar de su pequeño y curioso corazón. Asombrada, llegó al extremo, sonrió y abrió sus brazos al mundo. ¡Ahora sentía lo que habían sentido aquellos que se perdieron cuando estuvieron a una cuarta del respiro final! Vino entonces la nueva intriga por el más allá de ese instante de equilibrio en la frontera del abismo. ¿Qué piensa uno que va cayendo? ¿Qué teoría hilvanarán los que queden sobre su último segundo? ¿Qué tan distantes pueden ser esas ideas que nunca podrán confrontarse en el tiempo y el espacio? ¿En el recuerdo de quién quedará ella y cómo? ¿A quién evocará en el mínimo vuelo antes de tocar tierra y cambiar? ¿Por qué no morir ahora y sí después? Ante sus menudos pies estaba la línea divisoria e irremediablemente atraída decidió ir a dónde no hay retorno, no lo pensó dos veces y dio un saltito más.

El grito que hiela la sangre está ahora sentado en el filo esperando a que alguien la descubra en el fondo del cañón.

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