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Ciclo: fenómeno periódico o cuasiperiódico, en que transcurrido un cierto tiempo el estado del sistema o algunas magnitudes del mismo vuelven a una configuración anterior

La lesión de mi tobillo derecho me recuerda que no puedo correr sino en días alternos. Ha llovido en las tardes durante la semana y la combinación de ambas cosas me ha permitido ejercitarme una sola vez después del trabajo. Decido el sábado en la mañana ir a la pista. Voy tarde por hacer antes otras obligaciones hogareñas.

Cuando llego al lugar acostumbrado del calentamiento veo sobre el césped un pantalón y unos zapatos viejos, puestos a secar al sol. Al poco rato aparece de la nada, con unos shores rojos, sin camisa, descalzo y con una muleta plástica de color negro en la mano. ¿Qué hora es? Lo siento, no tengo reloj. ¿Deben ser como las once, eh? No, es cerca de las doce ya. Termino mi estiramiento y me lanzo a mi rutina. Tres pichones de palomitas silvestres volaron ante mí al doblar la curva este. Al completar la primera vuelta, me llega la pregunta. ¿Deben ser como las once, eh, más o menos? Sí, es cerca de las once. Fue reiterado para mí, para él no. Otra vez, las mismas palomitas posadas en la curva, exactamente como antes. Otra vez la misma pregunta, otra vez la misma hora.

Necesito correr. Empecé luego de mi última separación y reconozco que hay días en que saber que iré a la pista en la tarde es mi mejor aliento. Me gusta esa sensación del reto, de explorarme a mí mismo en la respiración, el músculo que aguanta, los pies que marcan, el tobillo vendado que siempre duele. Mi voluntad por encima del cansancio y el sudor que me baña; junto al del sexo, el único sudor que realmente disfruto sentir. Pero lo estaba haciendo a hora desacostumbrada y el cuerpo se adapta en su funcionamiento a todos los procesos, incluido el ejercicio. Punto de mediodía, mucho sol, soledad absoluta en la pista húmeda de tardes lloviendo. Todo eso y mis diez pistas. Un esfuerzo extra imprescindible, no sé si psicológico o físico, pero real, obvio, evidente. Me concentro en mi paso y los tiempos de tomar el aire y logro mi objetivo. La última vuelta es caminando. Amigo… ¿debe ser como las once, más  o menos? Sí, es casi las once. Al pasar por la curva, las palomitas andan un poquito más antes de decidirse a alzarse.

Regreso a casa. Para mí ha pasado el mediodía, corrí diez pistas, caminé dos. Tengo sed,  sudo a mares, una conocida penita me ronda los tobillos. Le podré algo de hielo al llegar, eso alivia. Pude entrenarme, me siento satisfecho. Para el loco son las 11 y por allí no ha estado nadie mientras espera se sequen su pantalón y sus zapatos. Para las palomitas ya no pasa aquel que las molestaba cada vez que bajaban a la curva este y tampoco se acuerdan.

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