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San Carlos de la Cabaña se levanta imponente ante su mirada. La conoce perfectamente pues estuvo destacado allí quince años atrás como sargento primero de artillería. Es la fortaleza más grande construida por España en América que convirtió a La Habana en una plaza inexpugnable. La tarde va cayendo y se siente cansado y deprimido, aún así sigue caminando. Cruzó la bahía en la barcaza de un pescador pero hacia sus aguas solo se levantan enormes muros que hay que rodear para ir al otro lado donde está el acceso principal con un puente levadizo que salva el ancho foso seco. La pena que lleva consigo no tiene consuelo.

Su primogénito fue detenido en octubre pasado y pasó seis meses en la Cárcel Nacional donde cumplió los diecisiete años en espera del juicio para finalmente ser condenado por un consejo de guerra a seis años de presidio con trabajos forzados a pesar de ser menor de edad. El adolescente no era más que otro cubano que caía bajo la represión que intentaba detener la recién iniciada lucha por la independencia. Durante todo el 1869 la capital había sufrido el ensañamiento de las tropas coloniales en una secuencia de crímenes y deportaciones no vista antes. Cada victoria conseguida en el oriente del país por el Ejército Libertador era cobardemente cobrada con desmanes y fusilamientos en el ambiente más seguro de la ciudad.

Don Mariano llega por fin hasta la reja principal y rinde cuenta al ordenanza de la entrada.

Buenas tardes ¿qué desea, señor?

He venido a visitar a mi hijo – le responde, ahogado por la caminata.

Pero hoy no es día de visitas.

El Gobernador Superior Civil me ha autorizado a venir en viernes alternos, lea este documento – y le extendió un papel entre los barrotes. Vengo a ver al preso No 113 de la 1ra Brigada de Blancos.

Alguien interviene en la profundidad del pasillo.

Es cierto, le conozco, déjale pasar, hombre. Es que es nuevo aquí, Don Mariano – se justifica.

Le abren paso, revisan la canasta donde va un pequeño bulto de comida y lo escoltan hasta un patio interior donde le ordenan que espere.

Recuerde que son sólo quince minutos.

Se sienta en un banco de piedra y mira alrededor. Parece que hace un siglo usó el mismo uniforme de esos guardias y que no fue en ese lugar. Está desorientado, preocupado, aturdido. Por el mismo pasillo que se tragó al militar empieza a escucharse un sonido metálico en pasos alternos, un sonido que sabe muy bien es una herida en cada movimiento al andar. El muchacho sale a la luz y aunque ya el sol no está fuerte, le molesta, se lleva las manos momentáneamente a los ojos. Los tiene enfermos por la cal de las canteras, eso hace que la claridad lo afecte todavía más. El viejo va y lo abraza. Se aguanta las lágrimas. Lo ayuda a avanzar hasta el banco y sentarse. Lleva un grillete de hierro en el tobillo derecho que se enlaza con una cadena a su cintura. La pierna la tiene ulcerada pero se ve mejor que la última vez. Conversan tranquilamente, la guardia les permite cierta intimidad aunque los mantiene bajo vigilancia. El banco que ocupan está frente al pequeño puesto médico y un doctor se asoma a la ventana.

¡Don Mariano! ¿Cómo está Ud? No sabía que ya había llegado – le dice mientras se acerca a saludar. Le pasa la mano por la cabeza al chico y lo saluda – Hola, Pepe, no te había visto hoy.

El chico le sonrió pálidamente como respuesta.

Buenas tardes, Dr Padilla. Veo que el tobillo de Pepe tiende a mejorar.

–  Así es, Don Mariano. Aquí es más sencillo atenderlo que en la Cárcel Nacional, los trabajos en las canteras lo afectaban mucho, aunque lo ideal sería retirarle el grillete pero no puedo hacerlo, no me está permitido. Mientras lo tenga no se curará, solo puedo aliviarle un poco el sufrimiento, no más. Para el mal de los ojos no tengo nada, lamentablemente, aunque en este caso la penumbra del calabozo le favorece.

En mi nombre y en el de Leonor se lo agradecemos mucho.

Hago lo que puedo en mi condición de médico militar, Don Mariano. Bueno, les dejo conversar que casi se les agota el tiempo.

Mientras el médico retorna a su puesto, el jovencito se saca algo del bolsillo.

Papá. Esta semana estuvo aquí el fotógrafo del pelotón de artilleros… ¿lo recuerdas?

–  Sí, se llama Manuel, es de Valencia, como yo.

–  Pues me ha hecho una foto – y se la muestra.

El viejo la toma y contempla con dolor. Su hijo, pelado al rape, con las secuelas de los hierros, con ellos mismos aún como testigos y en la mano un sombrerito deslucido. Pepe se la quita de la mano y se dirige con su paso lento y campaneante al puesto médico. Su cuerpo delgado refleja un sufrimiento que abnegadamente no se demuestra en su cara casi infantil. Pide por el Dr Padilla y le solicita tinta y una pluma. Se la trae y escribe algo detrás. Regresa otra vez al lado de su padre que ya tiene cerca a la escolta que devolverá a su hijo a las tinieblas.

–  Se la he dedicado a mi madre – le dice antes de despedirse.

Cabizbajo, Don Mariano sale de la fortaleza y cuando está fuera de la vista de los guardias, se apoya en un árbol y rompe a llorar de rabia. Jamás lo haría delante de su hijo y mucho menos delante de sus carceleros. Suelta allí todas las lágrimas que no puede mostrar tampoco ante su esposa e hijas y se alista para buscar un bote en que regresar a la ciudad. Antes de tomar el trillo que baja a la costa, lee lo escrito hace un momento detrás de la imagen:

I Brigada – – – 113

Mírame, madre y por tu amor no llores:

Si esclavo de mi edad y mis doctrinas,

Tu mártir corazón llené de espinas,

Piensa que nacen entre espinas flores.

***

El 4 de octubre de 1869, con el pretexto de que en horas de la tarde habían hecho burlas hacia ellos desde una ventana de la casa de la familia Valdés Domínguez, irrumpen en la noche un grupo de voluntarios y detienen a los hermanos Fermín y Eusebio. Realizan un registro y encuentran varios periódicos separatistas y algunas cartas. El 9 de octubre las autoridades se percatan que una de las cartas encontradas está dirigida a Carlos de Castro y Castro calificándolo de apóstata por enrolarse en el Ejército Español. La carta la firman Fermín Valdés Domínguez y José Martí Pérez. El 21 de octubre es detenido Martí acosado de infidencia.

El 4 de marzo de 1870, después de seis meses en prisión son juzgados en por un consejo de guerra y Martí es condenado a seis años de cárcel por haber asumido la responsabilidad de la carta dirigida a su condiscípulo. Un mes después es trasladado al Presidio Departamental de la Cárcel Nacional y destinado a la Primera Brigada de Blancos con el número 113. Le fijan un grillete a su pierna derecha anclado a una cadena que le recorre la cintura y es sometido a trabajos forzados en las canteras de San Lázaro donde su salud se resiente notablemente. Debido a este deterioro, es trasladado a mediados de agosto de 1870 para La Cabaña, para ese tiempo la cal ha enfermado sus ojos y tiene su pierna ulcerada. Tenía solo diecisiete años de edad. El 28 de agosto le dedica a su madre unos versos tras una foto hecha en presidio. En septiembre se le conmuta la pena por permanecer relegado en Isla de Pinos pero por propia gestión de Leonor Pérez, ante el mismísimo Capitán General, es deportado a España dos meses después.

Al caer en combate nuestro Héroe Nacional en los campos de Cuba el 19 de mayo de 1895 llevaba un anillo de hierro hecho con el material de la cadena de su grillete de prisión. Llevó toda la vida las secuelas físicas de su temprano encarcelamiento.

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