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Alza su mirada y alcanza a ver enormes nubes en el horizonte que se le enciman y luego pasan sobre él para perderse del otro lado como si la tierra se moviera de un modo acelerado. Igual que arrebatados cirros vuelan allá arriba, enormes olas sobrepasan el muelle en secciones, lo desaparecen momentáneamente cual barco que combate en movimiento. Al final hay una mujer tranquilamente sentada, con un vestido blanco y sus pies colgando sobre el agua. La marejada la sobrepasa y da miedo pensar que la arrastra pero vuelve a distinguirse en el mismo lugar, impasible. Rodrigo empieza a avanzar hacia ella cuando una ola se levanta para barrerlo del mundo. Se cubre la cara con las manos esperando el impacto que no sucede, simplemente el agua pasa por él como por el vacío. Es lo mismo que ocurre al final del entablado: el mar es violento pero no los toca. Sigue avanzando y cuando viene otra onda no cierra esta vez los ojos y ve pasar por su lado peces y zargazos a merced de la tormenta. Por fin ya está bien cerca y hay un olor de jazmín que se mezcla con la sal. Quiere sentir en la mano la noche que danza en su pelo pero al apretar solo recoge arena. Con su pretensión ha retornado al borde mismo de la playa. Se da media vuelta y a lo lejos la ve con sus pies colgando sobre el agua. El mar no la toca. Él tampoco.

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