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Tejiendo en la distancia – 4. De uvas y jazmines desde Diario de una hedonista

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Entrega y encargo

El origen del palenque de San Miguel se perdía en su memoria. Desde que era un niño ya se hablaba de él. Ubicado en lo más intrincado del monte, el río por un lado y los acantilados por la zona del mar convertían aquella parte de la sierra en un triángulo cerrado donde una fuerza organizada podía defenderse indefinidamente. Su madre le había contado que un negro esclavo de Nigeria, rey en África y león indomable en Cuba, se fue allá con un grupo de fieles a los que dirigió estratégicamente para una guerra de guerrillas contra los rancheadores que intentaban regresarlos al trabajo forzado. Luego crearon las bases para establecerse y vivir en libertad. La vegetación era frondosa, los caminos estrechos y traicioneros cortados por empalizadas y fosos en secuencia. Ningún blanco jamás había llegado al corazón de la guarida y muchos negros nunca lo habían visto tampoco, entre ellos estaba Joaquín, pero lo sabía cierto pues comerciaba con sus habitantes si bien solo podía llegar hasta un punto en el camino donde había un grupo de vigilancia. Realmente sus pasos eran seguidos desde mucho antes pero como era conocido lo dejaban avanzar hasta allí, pero no más. Ya nadie intentaba subir a buscar cimarrones pues casi nunca regresaba el perseguidor ni sus perros aún así fuera el más fiero de todos. Quién se adentraba en las lomas de San Miguel sin ser permitido no volvía y no pocos imprudentes caían en las trampas de diverso tipo que inadvertidas habían quedado en la penumbra cubiertas por las hojas caducas de años de resistencia. Tampoco los del palenque atacaban los ingenios y mucho menos se acercaban al poblado. Tenían una economía de subsistencia e intercambio que pasaba inadvertida en las calles de la villa. Sus miembros bajaban como fantasmas y se mezclaban como arrieros vendedores de carbón, aguadores, yerberos o libertos que venían a vender sus viandas a la plaza. Al caer la noche nadie sabía a dónde iban a parar tantos personajes que desaparecían del ambiente urbano. De ellos se comentaba que eran parte de la gente de las lomas y se les atribuyeron cualidades mágicas como el disolverse y desaparecer en las esquinas. Su líder había ido cambiando de etapa en etapa, ahora se le llamaba Salvador, pero pocos lo habían visto. Él también era un misterio del que se murmuraba.

Cada dos o tres semanas, Joaquín subía con pescado por aquel trillo, pero hacía solo unos días que lo había hecho y si algo mantenía a San Miguel en pie es que nunca bajó la desconfianza. Que anduviese por aquel lugar tan pronto estaba seguro que ya había levantado la sospecha de los alzados que debían estarlo siguiendo agazapados. Por eso mantuvo su machete todo el tiempo en guardia hasta que se topó con dos negros que le cerraban el paso, un tramo antes de llegar al punto acostumbrado.

– ¡Alto, Joaquín! ¿Qué tú hace’ aquí si vini’te ayer mismito?

El viejo levantó la vista. Tenía delante a dos guerreros con machete y fusil a la espalda, prestos a saltar sobre él al menor movimiento dudoso. Ellos sabían su nombre, él jamás los había visto, no eran de los pocos que conocía. Iba a dar una explicación cuando el niño en la canasta soltó un llanto indetenible, movido por el hambre.

– ¿Qué tú trae’ ahí? – dijo uno acercándose y pegando un salto atrás y persignándose como si hubiese visto al diablo cuando vio al bebé – ¡Un niño blanco! ¡Tú e’tá loco, Joaquín! ¿Pa qué tú trae eso aquí?

Lo dejaron en mi barraca esta mañana, al amanecer. No sé quién. No sé qué hacé’ con él. Parece recién nací’o y se morirá de hambre.

Si es un niño blanco, no hace na´aquí – dijo el otro guardia. Mejor lo tiramo’ por un barranco y tú no vuelve má’ pa’ allá pa’ que nadie sepa na’ nunca.

Joaquín sabía que por proteger al palenque y sus habitantes aquellos harían lo que fuese necesario, incluso matar al bebé y convertirlo a él en un prisionero de su misma gente, pero estaba decidido a morir protegiendo al infante y a su libertad de los años de salvaje esclavitud que querían cobrarse pírricamente con el recién nacido. Estaba en guardia cuando una voz que sonó firme y clara paralizó todo.

¡Esa decisión no les corresponde! –  y por el camino bajó una mujer de unos 40 años, vestía blusa y saya blanca, su pelo lo tenía recogido debajo de una tela que como turbante le cubría los drelos.

La acompañaba una muchacha mucho más joven que no dijo palabra y la miraba como un sirviente espera órdenes de su amo. La situación había cambiado drásticamente: los que amenazaban automáticamente se habían agachado y casi estaban arrodillados ante ella. El viejo pescador nunca la había visto ni sabía quién era.

Déjennos solos – ordenó a los vigilantes que se perdieron de vista pero seguramente se mantuvieron cerca custodiando.

Se acercó a la canasta y tomó al niño en brazos, que todavía gritaba. El instinto materno se impuso por encima de la diferencia racial y la matrona negra ahora protegía al pequeño e interrogaba al extraño portador. Sus maneras eran finas, su lenguaje instruido. Parecía una de esas esclavas que sirven en algunas casas de blancos y que han sido preparadas para recibir a las visitas más exigentes. Sin duda era alguien respetada en el palenque.

Sé quién eres, Joaquín. Yo soy la mujer de Salvador,  por eso viste a esos obedecerme. Escuché que encontraste a ese niño en tu cabaña. ¿No sabes nada de él? ¿Quién es su madre o su padre?

No lo sé, señora, na’ ma’ que sé lo que dije. Lo traje porque si no lo hacía, moriría. No tengo cómo alimentarlo y no sabía que ma’ hacé.

La doña le pasó el bebé a su criada y al hacerlo reparó en la cadenita con la flor de lis que llevaba al cuello. La sostuvo entre sus dedos y sus pensamientos volaron a alguna parte en ese instante. Se quitó luego dos collares de santería que llevaba, uno de cuentas azules y blancas que añadió a los resguardos de la criatura y otro blanco y amarillo que le puso en las manos al viejo.

Joaquín, tú seguro conoces en la villa al doctor Don Antonio Luaces, ve y dale este collar de mi parte sin mediar palabra, él sabrá qué hacer.

Para hacer más incompresible y enigmático todo, aquella mujer salida como una orisha del monte le entrega un símbolo de su religión y le dice que lo lleve a un blanco, muy conocido y respetado en la villa, católico y masón. No quiso preguntar lo que no le responderían ni le tocaba, solo indagó por la vida del pequeño:

¿Y el niño? ¿Qué pasará con él?

Vivirá – dijo ella y retomó camino a la maleza.

Todavía incrédulo y sin mucho que poder hacer, se quedó el viejo en medio del trillo, paralizado con el collar en su mano. Ella lo miró, reconoció su duda y reafirmó sus palabras.

Ya dije que vivirá, ahora ve y cumple mi mandato.

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