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Carlos Enrique

Quiero encontrarme en todas tus maldades,
saber del arco iris que tejes para amar.
Luego escondernos encima de una estrella,
cantarnos los secretos, / hacerte cuento o qué sé yo.

Santiago Feliú

Lo conocía solamente por teléfono. Su mamá es mi amiga y de ahí vino un día, ya ni me acuerdo cómo, un saludo telefónico y a partir de ahí hablamos casi diariamente. Tiene 4 años y medio y es el dueño de los perritos del arcoiris. Hace poco, tuve la oportunidad de compartir con él un fin de semana completo. Fuimos juntos a la playa, leímos cuentos, paseamos por el zoológico, compramos helado. Cuando me vio, me dio un abrazo y luego le preguntó a su mamá si yo era Julio César, su amigo telefónico. ¿Es él, mamá? ¿Es él? Yo había visto fotos suyas, quién sabe cómo me había dibujado en su cabecita de infante mientras hablaba conmigo a lo lejos. Tiene problemas con el lenguaje aunque desde que lo conocí a la fecha ha progresado notablemente. Ya puedo seguirlo en conversaciones más largas sin tener que pedirle que repita, algo que realmente me apenaba bastante.  Resultó ser todo un personaje. Para dormir, su mamá tiene que leerle o contarle un cuento. El peor castigo es precisamente decirle que no habrá cuento para dormir. Que le lean libros es reclamo repetitivo, me imagino que le encantará aprender cuando empiece la escuela, pero para eso todavía debe esperar un año. Es un niño muy sociable y muy cariñoso. No tiene distinciones para acercarse  a la gente, pueden ser adultos, niños o niñas. Se encariña con mucha facilidad, es totalmente abierto a los demás.

Tiene en su carácter una cualidad que se ve poco. El ser humano es por naturaleza egoísta, tiende a reservarlo todo para sí, y cuando se es niño se quieren todos los caramelos, los juguetes, los presentes. Sin embargo, Carlos Enrique es todo lo opuesto. Su mamá dice que no tiene nada de él, que tiene que vigilarlo porque lo da todo con mucha facilidad a los demás y no es precisamente un niño privilegiado  por vivir en una familia de buenas posibilidades económicas. Cuando ofrece, realmente ofrece de lo suyo lo único que tiene. Sin embargo, con él sí funciona esa máxima del pensamiento hindú que reza que todo lo que no es dado, es perdido. Como ofrece tanto, le llega mucho. Es dichoso para los regalos, el Universo le devuelve lo que da con tanto desprendimiento infantil. No tiene edad para filosofar ni para saber que es bueno compartir, simplemente tiene la virtud de despojarse por la felicidad de otros.

Una de esas tarde que compartimos él estaba incómodo porque quería irse ya para su pueblo, extrañaba su casa, sus abuelitos, su cama. El regreso a esa hora era imposible y él protestaba y lloraba, incapaz de comprender. De pronto, vio un puesto de churros y se antojó de ellos. Como era cerca de la hora de comida, su mamá no quería comprarle pero mi hermana logró convencerla que lo mejor en ese momento era ceder. Casualmente los estaban friendo, así que su ansiedad y su carita expectante tuvieron que esperar unos minutos. Al final, salió complacido con un vasito desechable de churros azucarados. Nos dio uno a todos, quisiéramos o no y sin que nadie lo pidiera. Iba caminando delante de nosotros, absorto en su comida, y así pasamos por un parque. Un señor que estaba en un banco quiso hacerle la broma cruel que se le hace a los niños de pedirle algo con lo que lo vemos embelesado y para su sorpresa, con una naturalidad espantosa y una calma tan limpia como su ofrecimiento, le alargó la mano con su vaso de golosinas. Era un desconocido y no le ofrecía uno, le estaba dando el vaso completo. Los papeles se invirtieron, el sorprendido entonces fue el adulto que amablemente tuvo que admitirle que su pedido no era en serio. Lo último que hizo, según me contaron, fue que le regalaron dos globos lindísimos y estaba con ellos en el portal de su casa, pasó un niño, quiso uno y él se lo regaló. Eso fue hace unos días.

A veces nos sentimos privilegiados de tener amigos sinceros, buenas personas, gente que vale y brilla. Yo tengo 38 años y Carlos Enrique tiene 4 y medio. Quizás sea inverosímil lo que voy a decir pero me siento orgulloso de tener un amigo como él, con esa rarísima virtud de dar sin antes sacar cuentas.

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