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Son varias vías férreas que giran hacia la izquierda y entran en un andén de techo redondeado. El espacio es inmenso. Un hombre que arrastra una maleta le dice que por allá se llega al destino que ambos desean alcanzar. Rodrigo sigue su camino entre los trenes detenidos que ofrecen su abandono. Repara en uno con vagones de madera que no parece albergar a nadie. De súbito, una locomotora desafiante se acerca en la misma dirección y una horda de seres harapientos y famélicos sale entonces a montones de aquel que parecía vacío. Temeroso del impacto se lanza a correr por donde mismo había venido. Todo parece haberse movido inexplicablemente y escapar se hace difícil, como si los trenes y las vías que había dejado atrás hubiesen concertado cercarlos. Pero no hay choque. La locomotora que venía amenazante llegó suavemente y se enganchó a los vagones que crujieron y arrancaron alejándose precisamente hacia ese lugar que al que él quería llegar. Los mendigos resultan ser más rápidos y ágiles y se suben en marcha, extendiéndole sus manos para ayudarlo a abordar. Corre junto a la vía pero teme a los hierros que chirrean y no se acerca lo suficiente. Al final, el cortejo renqueante se pierde en lo lejano, inalcanzable. Pero muchos que como él no tienen transporte ahora avanzan en silencio aglutinados por un camino que bordea un río. Ya no sabe si ese hombre arrastra una maleta o es una maleta que tiene un hombre que la arrastra. Él no quiere acompañarlos, llegar así le parece asunto de mucho tiempo y esconde bajo la manga un atajo que conoce. Intentan disuadirlo pero está renuente y antes que lo sometan se lanza al río y se convierte en un pez que persigue musarañas.

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