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Esperó refugiado en la oscuridad del viejo edificio. Cuando iba a tomar el primer escalón la empujó contra el muro y le apretó la garganta mientras le encajó tres puñaladas. El agarre fue tan fuerte que ahogó al mismo tiempo los gritos y la vida en el hilo de la sorpresa. Cuando salió a la calle se encaró a diez pasos con el policía que como simple ciudadano regresaba a casa. Al ver la sangre que lo bañaba no dudó en desenfundar su arma. No se dijeron nada. Si la mano que sostenía la pistola temblaba la de aquel estaba firme y segura.

Me señaló enfurecido con su dedo, eso dijo después el pobre guardia reconstruyendo el hecho. No había conexión entre la mujer –una maestra primaria- y el asesino –un tranquilo dependiente del más lujoso casino de la ciudad- que recibió un contundente trío de balas. Cuando lo alcanzaron la segunda y la tercera ya los motivos del crimen se perdían en la ciénaga cruel de lo inexplicable: la primera le partió el corazón.

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