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Hace un tiempo hablaba con dianoska de poesía y recordé un pasaje de mi vida juvenil, cuando el amor era sencillo y no se preocupaba por nada. Le prometí hablar de él. Allá vamos.

Ella tiene los ojos azules más lindos que he visto. Estuvimos cerca por un período de dos años, viéndonos esporádicamente en reuniones de amigos comunes. Ambos teníamos pareja pero la conexión era evidente aunque jamás dijimos una palabra al respecto, estábamos en lugares que habíamos decidido antes y ya nada podíamos hacer que no fuera esperar y especular interiormente. Luego mi relación acabó y un día cualquiera me fui a una sala de cine a ver una película que me interesaba: Shakespeare in love. Al salir nos vimos, ella también salía del cine y también salía sola… y también había terminado su relación.

Ni qué decir que al poco tiempo empezamos la nuestra. Debe haber sido en 1999, yo tenía 25 años y ella 22. Siempre me hechizó su personalidad, su chispa y la conexión casi engranada que tenía con la mía, además era dueña de una belleza muy particular. Sus ojos, como ya dije, son –porque aún lo son- los más bellos ojos azules que he visto, su pelo era rubio pero muy rizado, su piel blanca, su nariz recta. Se parecía mucho al ideal clásico de belleza de las estatuas griegas solo que ella no era alta. Se hacía unas largas trenzas con las que se rodeaba la cabeza adornadas de cintas. Varias historias tengo con su belleza física y comentarios de otros, algunas muy simpáticas, pero no vienen al caso.

Por aquellos años hizo furor en Cuba una teleserie argentina llamada Nueve lunas, con los protagónicos de Cecilia Ruth y Oscar Martínez. Todo transcurría teniendo como eje central las consultas de dos ginecólogos que ambos encarnaban, fue una de las primeras serie médicas que se vieron acá. Nueve lunas gustó muchísimo y le abrió el camino expedito al interés del público por otra que le siguió en la que trabajaba otra vez Oscar Martínez: De poeta y de loco. Esta vez el actor hacía de profesor de literatura y editor. Tenía una especie de taller de poesía al que asistían algunos estudiantes, si mal no recuerdo de manera voluntaria. Leían poemas, los analizaban, los desgranaban. Algo muy interesante. Si bien la serie era argentina los poetas escogidos eran universales. Los capítulos eran monotemáticos pero algunas situaciones iban desarrollándose lentamente durante varias entregas. En cada uno pasaba algo que tenía estrecha relación con el poema que ese día se tocaba en clase, todos delirantemente hermosos. Lamentablemente otros bodrios argentinos llegaron después a nuestra televisión y las nuevas generaciones no conocen estos ejemplos de excelentes guiones del país suramericano que impresionaron mucho en Cuba. El recuerdo más añejo de ellos me remite a Éramos tan jóvenes y De fulanas y menganas.

Pues mi hermosa novia y yo no nos perdíamos un pasaje de esta serie que les cuento y ella incluso intentaba copiar algunos versos al vuelo. Al final, en los créditos, ponían los datos del poema: título y autor. A veces los habían mencionado en la trama, a veces no, y entonces teníamos que copiarlos en un instante. Nuestro objetivo era buscarlos después en la Sala de Literatura de la Biblioteca Provincial y tenerlos recopilados. Antes de empezar el capítulo ya teníamos ambos papel y lápiz para el final. A veces se trataba de un solo poema pero a veces eran dos y de autores diferentes. Los datos estaban en pantalla menos de tres segundos en una toma fija que era sustituida por otra rápidamente y teníamos incluso una estrategia: ella leía de arriba abajo y yo de abajo hacia arriba porque en ocasiones era tan rápido que si no lo hacíamos así lo que estaba debajo nadie alcanzaba a verlo. A eso seguía el entusiasmo al pasar en limpio los datos que habíamos recopilado con cualquier extraña letra que podía parecer un jeroglífico egipcio si se dejaba para el otro día. Nunca llegamos a tenerlos todos por diversos motivos: o quitaban los créditos antes de tiempo, o nos perdíamos el capítulo que no tenía repetición en otro horario, o lo que había que retener y copiar era demasiado. No pocas veces nos quedamos con la información a medias e inservible para terminar la localización exacta del poema del que a veces solo leían fragmentos. Pero incluso eso, el saber que se trataba de una obra imposible de ser perfecta, era atrayente. Como nuestro joven amor de principios de los 20, se trataba de tomar lo que más se pudiera. Tres años después uno de Idea Vilariño, que sí teníamos pero no deseábamos se materializara, nos fue perfecto:

Ya no será,
ya no viviremos juntos, no criaré a tu hijo
no coseré tu ropa, no te tendré de noche
no te besaré al irme, nunca sabrás quien fui
por qué me amaron otros.

No llegaré a saber por qué ni cómo,
ni si era de verdad lo que dijiste que era,
ni quién fuiste, ni qué fui para ti
ni cómo hubiera sido vivir juntos,
querernos, esperarnos, estar.

Ya no soy más que yo para siempre y tú
Ya no serás para mí más que tú.
Ya no estás en un día futuro
no sabré dónde vives, con quién
ni si te acuerdas.

No me abrazarás nunca como esa noche, nunca.
No volveré a tocarte. No te veré morir.

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