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bolas de colores

Le cuesta sostenerse y sabe que pronto perderá las fuerzas. Está aferrado a una bola gigante de color naranja y para colmo tiene una mano ocupada con un extraño reloj. Bajo un esplendoroso cielo azul aquella esfera flota oscilando suavemente rodeada de muchas de diversos colores. Un perfecto manto de nubes oculta lo que pueda haber más abajo cual telón de teatro horizontal. Rodrigo intenta ver la hora en una extraña obsesión fuera de lugar que pretende alcanzar antes de caer. Pero nada es sencillo: también el artefacto es redondo. Dividido en dos mitades la de abajo es firme y contiene a su vez a la de arriba que más que media mitad es otra completa que gira cual una pelota contenida en un vaso curvo. Con el pulgar la gira buscando le muestre las agujas pero es tan sensible que estas pasan muy rápido y no distingue qué tiempo señalan. Al final su empeño lo ha debilitado tanto en su posición que suelta el reloj para poder aferrarse bien a su globo y termina deslizándose por su curvatura hasta dar con un poste que tiene debajo. Se siente ridículo agarrado a aquella cosa que le recuerda esos dulces chupetes que le gustan tanto pero tiene un miedo terrible a caer hacia la nada y empieza a desesperarse. Sin embargo, algo en su mente comienza a cambiar. El temor depende de un solo detalle: desconoce la distancia que hay de él al suelo. Su instinto de conservación le dice que sea precavido pero si estuviese cerca, aunque no lo viera, no tendría sentido espantarse. Así que mueve su mente al convencimiento de que no hay peligro, sus manos dejan de engarrotarse, las demás esferas de colores ahora parecen más hermosas y puede disfrutar más sin que las nubes le alcancen el corazón. Logra sentir entonces algo muy cerca, bajo sus pies: el tic tac que tuvo que soltar. Lo escucha perfectamente, no cayó muy lejos pero hay que arrojarse para ver y sin pensarlo mucho se lanza. Ahora vuela preso de una extraña obsesión fuera de lugar.

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