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campeon02Seguí toda la semifinal y la final de esta quincuagésima tercera Serie Nacional. Veía el programa Antesala diariamente, dejé de hacerlo el día que un matancero dijo en cámara que Matanzas era uno de los grandes de la pelota en Cuba. Me gusta el deporte, pero no soy fanático. Ignorar las virtudes del contrario, no reconocerlas a tiempo, es el nudo de la soga que va al cuello. Pinar del Río alcanzó anoche merecidamente el décimo título nacional, de ellos, en ocho ha estado su manager, Alfonso Urquiola, como jugador o con las riendas del caballo. Se trata de un director que ha demostrado capacidad inigualable de aglutinamiento a todos los niveles donde ha trabajado, ha sido múltiple ganador en Ligas de Desarrollo cuando estas existían y ganador dirigiendo pelota profesional fuera de nuestras fronteras. Cubano de pura cepa, guajiro al hablar, fumador del mejor tabaco del mundo, nos clavó una derrota dirigiendo una novena extranjera. Del otro lado, Víctor Mesa, midiéndolo con la misma vara, jamás ha ganado un título nacional con anémico 3-16 en finales, fue cesado por la Liga Profesional Mexicana y los universitarios estadounidenses –con nivel y todo, pero universitarios- le ganan cinco de cinco en su última incursión internacional, donde tampoco ha ganado nada como capitán de la nave principal.

Entiendo que para los matanceros Víctor Mesa no merezca tanto rechazo, la pelota arrastra pasiones y dicen que hasta en el amor más elemental los que están afuera siempre ven mejor. Desde 1991 no llegan a un título, jamás la camiseta de Matanzas ha sido campeona y verse tan cerca en tan poco tiempo por supuesto que es resultado de un método de trabajo que ha dado sus frutos y eso es innegable. En Matanzas se interesan hoy por la pelota gente que nunca había sentido semejante pues veintitrés años de espera desencantan y desmerengan y también los sentimientos son víctimas del paso del tiempo con el desinterés como principal aficionado del Victoria de Girón. Muchos por primera vez ven ese estadio a grada llena, muchos por primera vez se asombran de hasta donde se puede escuchar la bulla de la multitud que lo colma, muchos descubren ahora porque en otros territorios se vive con drama esto que ahora les toca y todo eso, con toda justeza, se lo agradecen a Víctor Mesa. Pero si importante es el amor –ese, el más elemental- importante es también el cómo se ama y es sano y es inteligente y es racional enfriar el cerebelo y mirar desde otro punto de vista pues puede que nos amen mucho, pero nos amen mal y con ese amor vamos al abismo si, total, todo le perdonamos pues amados por otros nunca hemos sido.

Voy a tomar una idea que no es mía, es de un brillante profesor de la carrera, compañero de trabajo ahora: un equipo necesita un líder, sobre todo en deportes colectivos, pero ese líder tiene que estar al campo, no puede ser el manager. Ese es el gran problema de Víctor Mesa. Como mismo le dijo a un estudiante de periodismo en una entrevista hace algún tiempo -esos que según él, hacen preguntas tontas- el show es él. Quiere seguir siendo la estrella del juego, quiere para sí todo el protagonismo y hunde irremediablemente al final a su colectivo en un mar de caprichosas decisiones que no voy a enumerar, pero hizo galas de ellas en estos seis partidos. Nunca imaginé ver congas, fuegos artificiales y gente en la calle con un último out que le decretara el campeonato a otra provincia, eso nunca me pasó por la cabeza en una tierra donde la gente viste con orgullo el particular color anaranjado que tiene uno de los cuatro grandes. Otro grande ganó y puso las cosas en su lugar porque para aspirar a una calificación primero hay que acumular méritos suficientes y ni Matanzas ni Víctor los tienen todavía.

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