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El 22 de mayo de 2014 era un día normal. De pronto, recién empezada la mañana, recibo una llamada telefónica de mi casa: mi papá no podía levantarse de la cama, no podía mover el lado izquierdo del cuerpo. Era jueves. Había sufrido un infarto cerebral que le repitió el sábado, más fuerte, pensé que había fallecido en la sala de mi casa. En un segundo me cambió la vida, no podía trabajar para en lo posible ayudarlo a recuperarse. No voy hablar aquí de los sacrificios y el esfuerzo físico y mental que me demandó y demanda, no sólo a mí sino también a toda mi familia. No voy hablar de la amalgama de sentimientos, de lo que he visto y aprendido llevándolo a rehabilitación, de las noches en el hospital, las consultas, los análisis.

Pedacitos de post andan por ahí. Uno sobre el asesinato de Julio César en los idus de marzo, otro sobre Led Zeppelin, otro sobre el nuevo capítulo de las relaciones Cuba – Estados Unidos. No tengo nada para hoy ni para mañana ni sabe Dios para cuándo. Hoy lo único que quiero decir es que he regresado, que espero esta puerta no se cierre y que otras, por fin, se abran.

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