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El pasado 17 de diciembre los gobiernos de Cuba y Estados Unidos decidieron restablecer las relaciones diplomáticas e intentar una nueva etapa de convivencia pacífica o al menos encontrar un modo más civilizado de manejar el diferendo. No es nada sencillo. Son más de cinco décadas de incomprensiones, agresiones y desconfianzas por ambas partes en las que el costo material y humano más alto lo ha pagado el pueblo de Cuba en su decisión de preservar su soberanía y consolidar en medio de ese ambiente en extremo hostil un proyecto social propio. Cuba ha sido, a partir de 1959, un país moldeado por ese conflicto que ha calado y condicionado profundamente la vida espiritual, material y económica de la isla caribeña.

Varios factores han condicionado este cambio de política entre ambos Estados y el que más influye es el correr de los años, que cambia el entorno y sobre todo cambia a los seres humanos y sus mentalidades y propicia que se abran posibilidades que atrás parecían imposibles. Esta generación cubana que vive en la isla sufrió los embates de la más cruda crisis económica después del triunfo de la Revolución 1959: el mal llamado Período Especial. Ha visto como se desmoronó el campo socialista y sus lazos económicos y políticos fundamentales. Ha conocido como desde 1992 se empezó a hablar de un bloqueo que si bien existía desde los años 60 solo tres décadas después se convierte en un justo reclamo de cese ante la ONU y en un importante punto en la agenda de nuestra política exterior. Del mismo modo, junto a ese descubrimiento del bloqueo y sus efectos, vino un recrudecimiento del mismo por partes de sucesivas administraciones estadounidenses incluida esta que hoy conversa, con su record de multas a terceros. De esa manera, a  esta generación muchos sueños se le quebraron, otros desaparecieron, otros se revelaron pesadillas pero también surgieron nuevos horizontes en un contexto menos artificial aunque muy complejo en un mundo cada vez más globalizado donde los problemas son universales.

Se comprendió mejor que muchos que escogieron ir a vivir a otra nación eran parte de un fenómeno milenario en la humanidad que se llama emigración y que entre sus causas tiene las políticas, pero también las tiene económicas y espirituales. Aumentó drásticamente el número de familias cubanas que tuvieron un emigrante pero esta vez, a diferencia de otros momentos históricos de crisis migratoria, había una comprensión e interpretación más clara del fenómeno debido a que la realidad no era para nada prometedora. Esos emigrantes de origen cubano de la década del 90 dejaban el país con una diferencia muy grande con relación a las dos primeras grandes oleadas de principios de los 60 y de los 80: eran pleno resultado de un sistema político, económico y social que los nutría de herramientas y al mismo tiempo de ansias y capacidades para buscar una vida mejor en otro lugar y miraron fundamentalmente hacia los Estados Unidos, donde vive la mayor comunidad cubana en el exterior. La causa fundamental de la salida dejaba de ser política para ser económica.

Todo esto propició que esa generación que ya era distinta cambiara –por esa misma esencia de diferencia- el entorno del sur de la Florida y se cayeran muchos mitos o reglas de la vida de la comunidad cubana en Estados Unidos. Si bien muchos antes se iban para jamás volver, los más recientes quieren regresar de visita lo antes posible y establecer y mantener lazos con su tierra a pesar de las barreras puestas por ambos lados. Miles de niños –hijos de aquellos balseros- están viniendo a pasar vacaciones de verano en Cuba, en un reconocimiento claro a la seguridad que implica ser niño en este país por encima de cualquier otra causa. Eso crea lazos entre otros grupos de cubanos que son el futuro de este proceso que empezó en diciembre.

La opinión pública, las encuestas y los sondeos son importantes y serios en Estados Unidos y son referencia para políticos, analistas y tomadores de decisiones. Ellos han sido reflejo de como esa comunidad se inclina a un mejoramiento entre las relaciones entre Estados y una mejor convivencia en detrimento de la línea agresiva que seguirá en dos vertientes. La más feroz de ella será la cubano-americana de políticos con base fundamental en Miami, opuestos por años a cualquier mediación o negociación ya sea por convicción o por intereses. El otro camino de la mano dura vendrá de la misma esencia imperialista de la nación norteña que, obviamente, no ha cambiado. Si bien hay una intención sincera y cierta de trabajar conjunto con Cuba en mejorar una situación de Guerra Fría que ha durado cinco décadas, Estados Unidos sigue siendo el mismo país y si toma estas decisiones, más allá de cualquier conclusión de tipo moral de lo que ha sido su cruel política de genocidio legal contra la nación cubana lo hace por motivos de área de influencia donde en este momento le es más favorable, por múltiples razones, cambiar su política que mantenerla estancada. Si bien a principios de los años 60 del siglo pasado solo México mantuvo en todo el continente americano relaciones diplomáticas con la isla hoy todos tienen una embajada en La Habana y excelentes relaciones con nuestro gobierno, incluso los que tienen presidencia de derecha, excepto Estados Unidos. La política de aislamiento ha sido un fracaso y un franco boomerang.

Nuestro país siempre ha tenido entre sus fortalezas una política exterior muy coherente y sólida en difíciles y complejos escenarios que han variado con el paso del tiempo pero indudablemente la Crisis de los años 90 obligó a reactivar y reencaminar el trabajo del Ministerio de Relaciones Exteriores teniendo como centro la lucha contra el bloqueo económico, comercial y financiero que, aprovechando las condiciones en que había quedado la isla ante la desaparición de sus principales socios y el advenimiento de un mundo unipolar regido por Estados Unidos, se recrudecía y llegaba a hacerse legal y extraterritorial. Sin duda alguna, si bien el cerco económico creado para rendir y castigar a un país completo sigue intacto y funcionando, la pulsada la ha ganado Cuba y al final se ha tenido que reconocer que ha sido fallido el intento de presión económica más largo y costoso de la historia. Incluso en este período Cuba ha fortalecido su presencia en organismos internacionales de prestigio quedando electa en ocasiones donde la representación estadounidense quedaba excluida, como lo ha sido para el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, por ejemplo. Más allá del intercambio de prisioneros, se ha llegado a una coyuntura que propicia que Raúl Castro y Barack Obama den este paso histórico. Los gobiernos del mundo han aprobado este intento de acercamiento y descongelamiento que en este momento ya no tiene precedentes al encontrarse primero los cancilleres y luego los presidentes en la Cumbre de las Américas de Panamá 2015 donde Cuba acaba de asistir por derecho propio.

En su mayoría, el pueblo cubano se regocija con este momento y las encuestas en territorio norteño dicen lo mismo y si se va específicamente al sector hispano con capacidad de voto, este porciento de aprobación aumenta más, algo que los candidatos a la carrera por la presidencia  al 2016 tendrán en cuenta. Los que se oponen, en ambos lados del estrecho de La Florida, a que esto prospere, tienen dos motivos fundamentales para hacerlo. En primer lugar, por convicción. Hay políticos de Miami que creen firmemente en la línea dura y se oponen a Cuba y su orientación comunista y los hay que siempre han vivido muy bien de ese conflicto. Lo mismo pasa en Cuba. Hay quienes no quieren saber nada del enemigo por convicción y hay quienes han vivido muy bien durante muchos años de esta pelea, incentivándola, cuidándola, preservándola y dosificándola. Ese sector vive y está de ambas partes: tienen una fogata en un descampado y la van alimentando con leña, poquito a poquito, para que no se muera, pero no demasiado para que no se queme todo. No les conviene que se converse, que se distienda y se apoyan, sobre todo, en argumentos que de base, son reales, como casi todos los estereotipos y casi todas las desconfianzas.

La prensa cubana hace insistencia en dos puntos cada vez que se habla del tema. Uno: el proceso es lento. Otro: el bloqueo persiste, la política imperial persiste y, dicho por ellos mismos, cambia el método pero no el objetivo. Este último elemento es obvio. No puede cambiar el objetivo porque en esencia no ha cambiado nada en el país que tiene implementado contra el nuestro un entramado de leyes para matarnos de hambre y enfermedad como mismo reza en sus famosos memorándums. La esencia de su ideología no ha cambiado, es estúpido pensar que ahora son amiguitos y vamos a bailar felices y contentos de ahora en adelante. Ellos siguen siendo los mismos y sus pretensiones como Estado expansionista e intervencionistas no han cambiado porque están en su génesis y son base fundamental de su política exterior a base de presión, extorsión y amenaza. Eso está claro. Pero también está claro que ha habido un cambio, propiciado por determinadas condiciones y entre los políticos estadounidenses también hay personas de buena fe que desean una mejor convivencia, que desean termine el bloqueo y que desean, a pesar que las bases fundamentales sigan contrapuestas, una nueva etapa de entendimiento y diálogo. Creo que haya pocos gobernadores más yanquees que el gobernador de Nueva York que hace poco estuvo en Cuba y se mostró francamente abierto a una nueva página entre los dos países.  Ha habido un cambio y hay que aprovecharlo pues a veces las coyunturas como estas duran poco.

El desmantelamiento del muro alrededor de Cuba no es fácil ni es sencillo pero tampoco me parece tan lento como me están diciendo una y otra vez. Siento una intencionalidad o un deseo consciente o inconsciente de que todo siga como hasta ahora. Y que lo sienta es real y es objetivo: muchas personas que en Cuba han vivido y viven muy bien tienen como sentido y origen de su trabajo el conflicto Cuba – Estados Unidos. Estoy seguro que muchos, de buena fe, desean que cambie el panorama para bien aunque su situación actual de beneficios corra peligro. Otros, también estoy seguro, siguen insistiendo, con base real –insisto, porque es lo más entramado de la situación- pero con intenciones escondidas, que viene el lobo, jugando con la cierta balanza de bandejas ingenuidad y escepticismo para bien propio. Es como que no saben que será de ellos si se establecen relaciones normales.

No creo que el camino a la materialización de resultados sea lento ni tenga tantos obstáculos, si bien los tiene. No se puede esperar que una relación mutua de desconfianza de más de 55 años se resuelva en dos meses, pero con lo poco que ha pasado, ha pasado bastante. Queda por ver qué sucede en el disfuncional Congreso con el tema pero es cierto que es el único donde los republicanos no se oponen automáticamente en bloque a lo que desea el presidente Obama, lo que lo hace ya de este un tema particular. Una ventaja cubana pudiera estar en los estudiosos que tenemos -intelectuales, diplomáticos, analistas de diversas ramas- que conocen perfectamente a los Estados Unidos. Conocen su sistema eleccionario, su funcionamiento eficiente y sólido de maquinaria de gobierno invisible, sus políticos, su historia, su economía. Ellos prácticamente nos desconocen a nosotros. La idea que tienen es muy tergiversada porque, realmente, entender este país lleva un Doctorado en Ciencias y siempre nos han visto como el bastión a tomar, la plaza sitiada, la tiranía de los Castro. El cómo funciona nuestra sociedad ellos lo desconocen y por eso todavía distribuyen en la escalinata de la Universidad de la Habana memorias flash con Manuales de Subversión más 5 pesos convertibles y después se preguntan por qué no pasa nada y a dónde rayos fueron a parar los dispositivos. Entonces la única explicación que encuentran es que todo el que cogió una memoria era un agente militar de la contrainteligencia, porque de alguna forma hay que explicar lo inexplicable. Les es complejo entender que los estudiantes borraron los manuales y se fueron con la novia a tomar unas cervezas al muro del malecón pagadas por el contribuyente americano. O como pasó hace poco con otros que nos visitaron y se asombraron de la Pradera Africana del Zoo Nacional: …. los cubanos saben cuidar un elefante!?… oh, increíbleeee!!!…

Otra fortaleza que tiene Cuba es el conocimiento y el respeto por la cultura estadounidense, sus artistas, intelectuales, deportistas, científicos, abogados, por todo el talento espiritual y legado material que han dejado los hijos de ese país que se estudia y, reitero, se respeta. Nosotros somos mucho más enigmáticos para ellos y tenemos muchísimos valores interesantes que mostrar en múltiples campos de la vida. Para hacerme entender mejor: es más sencillo deslumbrar a un político estadounidense en Cuba que a un cubano en Estados Unidos, debido sobre todo, al desconocimiento y subestimación de aquella parte acerca de la nuestra. Por eso vemos muy animados a todos los que vienen: congresistas, senadores, deportistas e intelectuales que a montón nos están visitando. La parte política que llega está involucrada con un acercamiento y gana un as de ventaja notable sobre la parte opositora al diálogo, su rival en el conflicto legal que representa el levantamiento del bloqueo, pues tienen una visión renovada y más realista que se ajusta más al momento de cambio que el país que ya no existe en la mente de aquellos que desean el congelamiento del pasado.

Una pieza complicada en todo esto es que la mayoría de las trabas que hay que desmontar están de un solo lado. Cuba no bloquea a Estados Unidos –entiéndanse aquí un millón de acápites-, no tiene bases militares en su territorio usada con fines que no están en el tratado que le dio origen, no financia grupos políticos internos con fondos solicitados a viva voz al Congreso para cambio de régimen, no transmite por radio y televisión de modo ilegal sobre su vecino, no tolera organizaciones paramilitares en su territorio con franco objetivo en el otro lado, no alberga terroristas que han cometido crímenes abominables como el vuelo de aeronaves civiles con decenas de víctimas inocentes. Eso enreda el proceso porque no hay mucho que pedir a la otra parte que no sea involucrarse en sus asuntos internos y en la violación de su soberanía algo que, obvio, ningún Estado está dispuesto a tolerar. Casi todo es ceder sin ganar mucho a cambio, aunque eso quizá se equilibre de otras maneras no tan directas, sin exigir sustancialmente a su oponente. Se dice, a cálculo primario, que el comercio mutuo podría alcanzar hasta los 5 mil millones anuales en beneficios para el país norteño, algo que no es mucho para toda esa nación pero sí lo es para Estados de la parte sur. Además, Cuba puede ser un intermediario entre Estados Unidos y América Latina, relaciones muy laceradas en un área donde Cuba tiene mucho prestigio y puede ayudar considerablemente. Ya el hecho de que sobre el Caribe aparezca una nueva posibilidad de estabilidad beneficia sin duda el panorama continental y según las delegaciones que intercambian pueden haber cambios favorables incluso de impacto global.

Las grandes preocupaciones siguen siendo las mismas, y los retos no cambian. Cuba no representa amenaza en ningún sentido para los Estados Unidos en las condiciones actuales y en un futuro al menos bastante previsible y un plazo muy largo. Es cierto que nos abrimos a la penetración que representa su cultura y su economía, pero estamos dentro de su área de influencia, eso es inevitable e incluso preocupante que muchos lo vean como algo que puede pasar y no como algo que está pasando y que siempre ha pasado con matices que hoy tienen una fuerza tremenda y en las que nosotros tenemos mucho potencial que no estamos aprovechando: el campo cultural e ideológico. Antes el modo de vida americano se llevaba a punta de bayoneta, hoy se lleva en patrones culturales y estamos siendo vilmente penetrados porque la fuerza y la inteligencia del discurso globalizador es enorme y porque no estamos utilizando debidamente nuestro tesoro patrimonial que no acaba de ponerse en función social de una manera activa, inteligente, amena y actual a pesar de la insistencia de nuestros artistas e intelectuales sobre el tema. Pero no hay alternativa: el precio hay que pagarlo. En primer lugar, como nación, tenemos el derecho a ser reconocida y respetada como tal. Hoy lo estamos logrando. Estados Unidos en este instante no está sentado mesa por medio con ningún otro país discutiendo y dialogando de igual a igual y de manera abierta al mundo, cuestión indudable de intereses pero también prestigio del país ante el que está sentado y no se puede pedir ser reconocido y mudarse del mapa, porque es incomprensible e insensato pretender hacer irreconciliable la identidad con el lugar donde esta se ha forjado y con las condiciones en que lo ha hecho y lo tendrá que seguir haciendo.

Cuba es el pequeño barquito en el medio del mar que reclama y defiende el derecho de sus tripulantes a construir su propio futuro en paz y sin injerencia. Es un principio que va más allá de Estados Unidos, va más allá de estas conversaciones. Ellos seguirán siendo el monstruo económico e ideológico que son, algo a lo que estas conversaciones ni le va ni le viene. Este país es resultado de ese conflicto desde cualquier punto de vista e independientemente de lo que suceda lo seguirá siendo. Si crece o perece depende de su capacidad de adaptación rápida  a las nuevas condicionantes que exigirán más inteligencia, más sagacidad y más serenidad no sólo en política exterior, sino en política interna. Cuba tiene relaciones diplomáticas con 180 Estados: con algunos de ellos tenemos más incompatibilidades de conceptos sociales y filosóficos que las que podríamos encontrar con Estados Unidos. Y viceversa: Estados Unidos tiene hoy relaciones diplomáticas con Estados mucho más entramados que Cuba. Los años por venir pueden ser mejores para ambos y de hecho ya lo son, porque siempre el diálogo y el cara a cara serán la mejor vía para una próspera convivencia.

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