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Año 2000. Todos los días tomaba el mismo camino a mi trabajo y atravesaba un barrio de gente sencilla, de esa que vive su día a día de manera más simple. Cada mañana me encontraba a un negro viejo, gordo y silencioso sentado en una acera. Parecía un Buda de ébano, mirando a los que pasaban en silencio. Esa era la rutina diaria de aquel hombre, disfrutar viendo ese ajetreo mañanero típico de cada despertar. Pero surgió de pronto una novedad: su nieto empezó en la escuela y con transgresora alegría, sin pañoleta aún por su preescolar recién estrenado, lo molestaba en su meditación matinal. Le alaba las orejas, le hacía cosquillas, le tiraba de la camiseta y aquel negrón se sentía realmente asediado. No podía pensar en responder al ataque de un infante tan hiperactivo con sus libras de sobrepeso sentadas en la acera… no podía pensar en responder y tampoco podía pensar en huir. Estoicamente aguantaba las travesuras sin fin del pequeño.

Cuba vivía en ese momento el apogeo del reclamo de regreso de Elián González, injustamente retenido por familiares menos allegados en la ciudad de Miami luego de sobrevivir a una trágica operación de tráfico de personas en el Estrecho de La Florida. Los acontecimientos conmovían las fibras más elementales de humanidad y cohesionaba a todos en torno a la decencia. El lema “Devuelvan a Elián” estaba estampado en carteles, pegatinas, ropa y se gritaba en marchas delante de la en ese instante Oficina de Intereses de los Estados Unidos. Esas tres palabras eran sentimiento compartido que no dejó indiferente a nadie ante aquel papá que quería a su hijo consigo. Cuba fue esas tres palabras por un tiempo. Y así, como mismo, representaban algo tan serio, en la boca de aquel abuelo gordiflón atacado por todos los frentes, me hicieron sonreir en su reutilización ingeniosa, criolla y jaranera:

– ¡Devueeeeelvan a Elián!… ¡Y llééééévense a Yosbel!…

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