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Nadie podía creerlo cuando salió cubierto de hollín y con el niño a salvo. Los bomberos habían dado por incontrolable el incendio e imposible el acceso sin embargo había sobrepasado todo cálculo para salvar una vida. Salió en los noticiaros, en la prensa… colgaron el video en internet y fue furor. Era solo el comienzo. Después se lanzó del puente sin pensarlo, braceó rompiendo todos los records de apnea y sacó a la joven del auto accidentado; escaló el rascacielos por su fachada de balcón en balcón para rescatar al muchacho que se había quedado colgando cuarenta pisos más arriba; se metió por un mínimo agujero para colocar un explosivo de manera suicida y liberar a los mineros atrapados; esquivó el punto de máximo tráfico para detener el cochecito escapado con el bebé que ni lloraba ni sabía. Era el superhéroe aterrizado, el paradigma del coraje y el altruismo. Al principio odiaba que todo tuviese tanta repercusión. Incluso cuando estuvo dos días serpeteando por las alcantarillas para buscar el gatico de la vecina también lo convirtieron en mediático show y lo invitaron a todos los canales. Accede a ser entrevistado y se encoge de hombros ante la pregunta de cuál era el secreto de tanta temeridad y que mal parada deja a la periodista con semejante interrogante.

¿Qué secreto puede tener uno para no temer en arriesgarse así por los demás?

Se disparó a presión la simpatía y su presencia empezó a ser requerida. Filmó comerciales, se rodeó de abogados y contratos,  manejó finanzas y después manejó a quienes le manejaban sus finanzas y si antes aparecía a todo correr para brindar su auxilio ahora lo hacía desde un jet o una limosina. Nadie lo veía mal. Si se jugaba el pellejo todo el  tiempo era justo retribuirle millonariamente su altruismo y a pesar de la vida acomodada no dejaba pasar mucho tiempo sin alguna nueva hazaña y su rating subía como subía la fama y el dinero. Pero quien es ofrecido al comentario y la alabanza también lo es a los celos, el desagravio y la incomprensible ingratitud. No fue difícil para un podrido esperarlo fuera de su mansión. Cuando el tipo sin miedo salió con su siempre inmaculado traje blanco le descargó completo el peine de su automática, bala tras bala. Antes que pudiese ofrecer intento alguno de evasión fue embestido por la turba enloquecida que lo molió hasta que su sangre estaba en todas partes, la única sangre que se derramó aquella mañana. Dos cosas pasaron casi al mismo tiempo: el malogrado agresor fue aniquilado y el descrédito perforó en diez agujeros la rentable humanidad del inmortal.

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