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perrea

La vida es irónica, las circunstancias cambian y los escenarios a largo plazo vuelven cargados de sutil sarcasmo. Cuando las políticas culturales de algunos funcionarios cubanos de los años 60 y 70 decidieron qué se escuchaba y qué no se escuchaba la música en inglés fue la más censurada y perseguida. Sin embargo, era una música de alta calidad que quedaría para la historia y lo reafirma la certera conjugación en tiempo presente: cincuenta años después es una música de alta calidad. La tecnología de la época propiciaba el hecho de que una decisión de ese tipo –qué se oye, qué se escucha- pudiera ser establecida y cumplida.

Con el próximo concierto de los míticos Rolling Stones en La Habana el día 25 de marzo muchos recuerdan y se regodean y se rasgan vestiduras con que antes estaban prohibidos. Le dan paleta a la melcocha para al final ir o lamentar no poder ir porque la sensación será en sí el ahora, la fuerza del rock que arrasa con lo vano, incluso con la guanaja ocasional polémica de que pasó lo que pasó. Por encima del hecho de que ya –por quince mil razones- pueden venir y pueden tocar y seguro será tremendo espectáculo, pienso en lo que pasa en Cuba hoy. No hay Dios –ni ortodoxo siquiera- que pueda parar, gracias a la era tecnológica diversa y a la mano, lo que se consume a diestra y siniestra: precisamente cuando nadie puede prohibir es cuando más mierda musical pisamos.

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