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sentir-jimi-hendrixEsta semana estoy de vacaciones. En la mañana, bermudas, zapatillas, medias cortas, camisa, sombrero blanco, gafas redondas y bicicleta al centro de la ciudad. Parqueo estatal. La dejo y espero a ver dónde la colocan sino después media hora buscándola. Papelito para recogida al bolsillo. De ahí directo a donde copio cada martes las películas del famoso, incombustible y eficiente Paquete Semanal. Al llegar, socio no estaba. Pregunto por él a los que tienen pequeño merendero en el mismo espacio: socio con PC rota. Me tomo un café de todos modos. Salgo a la deriva pero recuerdo que el hermano trabaja en uno de los negocios privados que hay en la ciudad con nombre registrado: tienen dos dependencias con el mismo nombre y logotipo en calles transitadas. Me queda cerca, voy allá. Por favor, me copias todo lo que sea cine… no series de tv, no anime… cine… quiero el cine semanal. Te sale en 15 pesos y demora más menos media hora. Vale, tengo cosas que hacer en ese tiempo.

No había mucha gente en el correo. Por favor, sellos para estas postales… van para Europa. Una salió para el País Vasco y la otra para Alemania, resultado de mi intercambio mundial. Luego fui a tienda y compré un litro de aceite y de ahí doblé por el lado del Coppelia y llegué al punto de Labiofam, antigua placita de viandas. Buenos días… ¿Ustedes también recogen aquí los vacíos?. No. Fue un “no” raro, como si le hubiese preguntado si recepcionaban transmisores de difusión adversa. Ok… me da entonces, un pomito de miel con propóleo y un detergente clorado, por favor. De ahí entonces al Laboratorio Provincial de Cosméticos, otro punto de Labiofam, donde sí recogen vacío pues andaba con tres encima. Los solté allí. Tomé un atajo y salí a casa de los abuelos de mi sobrina. Llevaba maicena y recogí pepinillos para encurtido. A la nena ahora le ha dado por hacer encurtidos.

Luego, a darme un gusto. Hice parada en un puntico que llevan unas chicas que venden té, café y limonada. Siempre tienen música en inglés y a un volumen aceptable. Degusté mi limonada escuchando a Ozzy Osbourne y Aerosmith. De ahí a recoger el disco extraíble. Si el socio no ha arreglado, te caigo aquí el martes que viene. Luego a comprar azúcar blanca que no había en casa y de ahí a recoger bicicleta. Aún me quedaban dos objetivos: jamón y plátano burro, los compré en ese mismo orden y sin desviarme en el regreso. La tarde para prepararlo todo: pasta de bocaditos, freír chicharritas, buscar pan a la panadería y luego tostarlo. Meterme en el cuartico de cabeza a buscar lo que quería que como casi todo lo que uno necesita en un área común de almacenaje está siempre bien al final. Bombillo al patio y todo listo.

Llegaron mis amigos. Robert Davis, canadiense, profesor y músico autodidacta. Alberto y sus compañeros de trío. Dos guitarras acústicas, una eléctrica, dos armónicas, seis cervezas, una botella de Havana Club tres años, hielo, yerba buena, chicharritas, pan, pasta y noche de blues. Encuentro de amantes del género: tres cubanos y un canadiense. Público: mi familia. Robert acaricia el blues como nosotros cantamos La Guantamera: fácil y naturalmente. Le gusta lo que hacen los cubanos que, como él, tampoco son músicos de profesión sino atrevidos. Rico el intercambio. Fructífero y jovial. Mañana lo llevo a local de ensayo para que comparta con ellos a pleno potencial con bajo eléctrico y baterista. El sábado van al Parque de Los Beatles a que todo transeúnte que pase y quiera quedarse sea uno más en otra noche de blues más repartido. Les cuento el viernes del ensayo y el lunes del concierto de fiebre de sábado por la noche, no con Travolta sino con Muddy Waters.

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