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En septiembre pasado el gobierno de los Estados Unidos prácticamente inutilizó su embajada en La Habana acusando a Cuba de atacar a sus diplomáticos usando armas sónicas, hechos sobre los que no ha mostrado ninguna evidencia. Luego, para completar el golpe, expulsó a 15 funcionarios de la embajada cubana en Washington argumentando una ilógica reciprocidad ante un gesto unilateral, lo cual no tiene cabida sino en el terreno de la sucia arrogancia yanqui.

Las recientes desclasificaciones de documentos sobre el caso Kennedy, si bien no han aportado mucho sobre el vuele de cabeza del trigésimoquinto presidente sí han sacado a la luz otras miserias. Ahora se sabe que en 1960, bajo la Operación Mangosta, el general CIA Edward Landslade envió a sus superiores un documento con una recolección de inventos para justificar una intervención militar en Cuba. Entre ellos estaba el colocar explosivos plásticos en lugares cuidadosamente escogidos en Miami, otras ciudades de Florida e incluso en Washington usando como carne de cañón a la emigración cubana en su propio territorio aterrorizándola como blanco de terrorismo comunista. Así, revolcando papeles viejos, se refresca que el ejecutar un teatro para culpar y justificar acciones reactivas es viejo método del águila calva que no repara en medios para lograr fines.

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