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Hay festival de rock en la ciudad. La vendedora del kiosco que está cerca de la tribuna principal debe terminar a las 8.00 pm pero llama por teléfono a su jefa y le pide autorización para cerrar antes. También viene su esposo a acompañarla en el proceso de conteo y cuadre de caja. Al otro día, hace el cuento: Cerré porque le tenía miedo a los rockeros, con esos pelos largos y esos tatuajes… pero, mira, para que tú veas… cuando venían al kiosco me decían: “Buenas noches, por favor… ¿me puede vender una caja de cigarros?”… “Buenas noches… ¿nos vende una botella de ron?”… “Gracias”… Ay, pero, no sé… yo les tenía miedo!…

Al otro día salgo a hacer una compra y me visto con un pulover de la banda Kiss. Voy escuchando precisamente un variado de rock en mis audífonos y en sentido contrario se acerca un chico, más joven que yo, de espejuelos de gruesa armadura a través de los que se cuela una mirada perdida, drogada y medio tonta. Cuando está por cruzar por mi lado de pronto se lleva la mano derecha en puño cerrado al corazón y masculla una mecánica palabrería. Tardé unos segundos en darme cuenta que todo fue porque vio mi prenda de vestir y era uno de esos que se autotitula cristiano, como si cristianos no fuese toda una diversidad religiosa.

Me habían contado la historia de la vendedora del kiosco y mi primera pregunta fue si este imbécil que se lleva la mano al corazón da los buenos días o dice por favor y gracias cuando solicita un servicio. Lo siguiente fue que tanto de diabólico podría tener yo encima como para que de solo pasar por mi lado se le contagiara y hubiese que acudir al Salvador a toda costa. Y no miento: en este instante terminó una canción en mi reproductor y empezó Sympathy for The Devil. Me tuve que reír.

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