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Hace cuatrocientos años que Vicente Espinel, además de agregarle una cuerda a la guitarra, emprendió una proeza de no menor envergadura: fraguar el metro en el cual canta mi pueblo. La décima –también denominada espinela en honor de su arquitecto- es una combinación métrica integrada por diez versos octosílabos que riman según el esquema abbaaccddc.

Aunque es la estrofa en que preferentemente se vierte la inspiración popular, no ha sido despreciada por los clásicos, desde Calderón y Zorrilla hasta nuestros días.

A pesar de haber nacido allende el Atlántico, la décima tomó en Cuba carta de ciudadanía plena. Nuestras cuerdas mayores vibraron con soltura en el difícil metro. Baste mencionar, en el pasado siglo, a Fornaris, Plácido y El Cucalambé. En la República, recuérdese a Ramón Güirao, a Eugenio Florit, a Nicolás Guillén.

Ese manojo de diez versos es ingrediente insustituible de la misma semillita de nuestra nacionalidad. ¿Qué cubano que se respete desconoce “El arroyo que murmura”?

Ha figurado persistentemente en nuestros textos de la escuela elemental, desde “Ya vino la primavera / sobre nuestros campos bellos…”, del Cucalambé, hasta la famosísima de Leandro Fernández de Moratín:

Admiróse un portugués
de ver que en su tierna infancia
todos los niños en Francia
supieran hablar francés.
Arte diabólica es
dijo torciendo el mostacho
que, para hablar en gabacho,
un fidalgo, en Portugal
llega a viejo y lo habla mal
y aquí, lo parla un muchacho.

La décima, en Cuba –ya lo hemos dicho-, no ha sido patrimonio exclusivo del cenáculo culto. Todo lo contrario. En el siglo XIX, la condesa de Merlín anotaba que el guajiro cubano “compone décimas para los celos, décimas para el amor dichoso, décimas para la venganza y para la pasión (…)” (1)

Y, en efecto, la combinación métrica es receptora de todo el repertorio de lo humano y lo divino.

Lo que es más: un mismo asunto puede haber tenido enfoques antitéticos, diametralmente opuestos.

Vaya un ejemplo: ese tema, el eterno, la mujer. Un descreído misógino escribió anónimamente la décima más folklorizada y difundida en todo el campo cubano:

Al carpintero Narciso
se le murió su mujer
y como era su querer
otra de madera se hizo.
Y de tanto que la quiso
fue y la puso en la alacena
y aquella mujer sin pena
al carpintero mató,
y por eso digo yo:
mujer ni de palo es buena.

Vaya ahora la feliz contraparte. Un bardo, con más grata experiencia entre las féminas, volcó sus vivencias en una décima que constituye un tierno himno de adoración:

En cinco partes se escinde,
cinco puntos cardinales,
peninsulares panales
donde mi orgullo se rinde.
En qué vereda, en qué linde,
dilo, pilluela triunfante,
si fue al sur, si fue al levante,
en qué ignorado vergel
recogió su fina miel
tu mano amiga y amante.

// El repentismo se nos aparece como un fenómeno pasmoso. Gentes hay que parecen pensar en octosílabos rimados según la fórmula. Así, estos poetas –así se autodenominan, muchas veces con razón- pueden entablar controversias improvisadas alrededor de cualquier temática.

En cierta escuela obrera nocturna de Ciego de Ávila un profesor novel  propuso a sus alumnos un problema aritmético en el que había que calcular el peso de un pan. La respuesta, incongrunete a todas luces, era doscientos kilogramos. Ipso facto un repentista disparó desde su pupitre:

Pues ahí de acuerdo no estamos,
yo no comparto tu afán.
¿Dónde viste tú en un pan
los doscientos kilogramos?
A esta discusión ya vamos
y verás lo que te digo:
no, compañero y amigo,
que eso es puro desespero
y no pueden los obreros
estar de acuerdo contigo.

Claro está, el repentismo expone a gravísimos peligros. El esfuerzo por quedar bien con la preceptiva puede obligar al decimista a extremos descabellados. Ya Feijóo reportó un caso en el cuál, en aras de la rima y la métrica, se hablaba de “los mares de Hungría”.

// Los venezolanos –siempre tan emparentados con nosotros- cultivan asiduamente la décima, cual sucede en gran parte de América. Para los puertorriqueños constituye una crónica cotidiana en la que se despliega el acontecer noticioso. Escabí lo ejemplifica con el seguimiento diario que recibió por esta vía la largamente aplazada ejecución de Chessman. (2)

El pie forzado –aquí tradicional- se utiliza también en la Argentina, seguramente aplicado a otros metros. (3)

Tomado de:

Uno y el mismo. Notas de folklore cubano, con especial atención a sus puntos de contacto con el folklore de otros pueblos. Argelio Santiesteban. Ediciones UNIÓN. Cuba. 2013

(1) MERLÍN, CONDESA DE (Mercedes de Santa Cruz): Viaje a La Habana, (s. d. e.), La Habana, 1922, p. 132

(2) ESCABÍ, PEDRO (ed.): Vista parcial del folklore de Puerto Rico, Universidad de San Juan, 1970, p.245

(3) C. JACOVELLA, en: IMBELLONI J. y otros, Folklore argentino, Editorial Nova, Buenos Aires, 1959, p.128